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Enciende otro fuego

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Soy bisnieto de aquel famoso ballestero que, según cuenta la historia, atravesó una manzana sobre la cabeza de su hijo y desafió al gobernador con una sola flecha reservada para él. Pero yo no heredé ni su puntería ni su valor legendario. Solo conservo una ballesta vieja y el peso de un apellido demasiado grande. Mi nombre no importa. Os contaré una vieja historia, una historia que sí importa. Hace ya más de veinte inviernos, cuando aún era un joven intrépido, perdí a mi mejor amigo. No murió en una batalla gloriosa, sino en una emboscada de bandidos en las montañas del norte: una flecha traicionera y un grito que se apagó en la nieve. Volví al valle sin nada de valor y con el alma rota. Durante semanas vagué sin rumbo por bosques y pantanos, la ballesta al hombro y el corazón en silencio. Sin él, ya no sabía quién era . Una tarde cabalgué hasta el claro en el alto de los Tell, aquel lugar donde mi bisabuelo juró proteger a su familia y d...

Salomón y Azrael

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Salomón y Azrael (Basado en un relato sufí clásico escrito por Rumi, actualizado por Eitán el mago) En Abu Dabi, donde el sol todavía salía todos los días sin pedir permiso ni pagar impuestos, derramando sobre el mármol y el cristal de la ciudad una luz tan intensa y dorada que parece un metal fundido, se alzaba el palacio del profeta Salomón. No era un palacio de piedra antigua, sino una maravilla de nuestro tiempo: una silueta esculpida en vidrio inteligente y acero negro, que se alzaba junto a las aguas turquesa del Golfo como un iceberg geométrico en un desierto de lujo. A sus pies, yates blancos inmóviles brillaban como dientes de leche, y el aire, siempre perfumado por la madera de áloe y la arena caliente, vibraba con el zumbido discreto de los supercoches eléctricos. Aquí, en el epicentro de una modernidad tan calculada y deslumbrante que hacía olvidar la existencia del tiempo, se presentó, en las primeras horas en que el frescor artificial reinaba en los a...

Sensibilidad digital

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Érase una vez un príncipe que quería tener pareja, pero no una pareja cualquiera: buscaba a alguien que sintiera la tecnología en el alma. Una noche de tormenta brutal —con truenos, lluvia torrencial y cortes intermitentes de wifi— alguien llamó a la puerta. Era una princesa empapada, con el pelo pegado a la cara.  —Mi batería está al 3 %. ¿Me dejas pasar la noche aquí? Cuando ella salió de la ducha, él la acompañó a la habitación de invitados. El dormitorio tenía una cama king size con un colchón viscoelástico de gel de medio metro de grosor. Lo que ella no sabía era que el astuto príncipe había ido antes al salón y  cogido un viejo móvil, un iPhone X con la pantalla rota, y lo había escondido bajo el grueso colchón. A la mañana siguiente, la princesa apareció en el desayuno con ojeras hasta el suelo, el pelo revuelto y cara de haber pasado la noche en vela. —¿Qué tal has dormido?— preguntó el príncipe con falsa inocencia. —Fatal— respondió ella— la cama era comodísim...