Soy bisnieto de aquel famoso ballestero que, según cuenta la historia, atravesó una manzana sobre la cabeza de su hijo y desafió al gobernador con una sola flecha reservada para él. Pero yo no heredé ni su puntería ni su valor legendario. Solo conservo una ballesta vieja y el peso de un apellido demasiado grande. Mi nombre no importa. Os contaré una vieja historia, una historia que sí importa. Hace ya más de veinte inviernos, cuando aún era un joven intrépido, perdí a mi mejor amigo. No murió en una batalla gloriosa, sino en una emboscada de bandidos en las montañas del norte: una flecha traicionera y un grito que se apagó en la nieve. Volví al valle sin nada de valor y con el alma rota. Durante semanas vagué sin rumbo por bosques y pantanos, la ballesta al hombro y el corazón en silencio. Sin él, ya no sabía quién era . Una tarde cabalgué hasta el claro en el alto de los Tell, aquel lugar donde mi bisabuelo juró proteger a su familia y d...
Érase una vez un príncipe que quería tener pareja, pero no una pareja cualquiera: buscaba a alguien que sintiera la tecnología en el alma. Una noche de tormenta brutal —con truenos, lluvia torrencial y cortes intermitentes de wifi— alguien llamó a la puerta. Era una princesa empapada, con el pelo pegado a la cara. —Mi batería está al 3 %. ¿Me dejas pasar la noche aquí? Cuando ella salió de la ducha, él la acompañó a la habitación de invitados. El dormitorio tenía una cama king size con un colchón viscoelástico de gel de medio metro de grosor. Lo que ella no sabía era que el astuto príncipe había ido antes al salón y cogido un viejo móvil, un iPhone X con la pantalla rota, y lo había escondido bajo el grueso colchón. A la mañana siguiente, la princesa apareció en el desayuno con ojeras hasta el suelo, el pelo revuelto y cara de haber pasado la noche en vela. —¿Qué tal has dormido?— preguntó el príncipe con falsa inocencia. —Fatal— respondió ella— la cama era comodísim...
Llevo eones catalogando almas; mi puntería es perfecta. Aquella noche descendí al Obradoiro. La piedra estaba empapada, el cielo gris devoraba la catedral. Vi a Juana ajustar el fol de su gaita. La desafié a un duelo musical. Mi música nunca falla: acelera donde el cobarde tropieza, desfigura el compás donde el soberbio se luce, tiende trampas afinadas para cada tipo de hambre humana. He derribado santos y coronado tiranos; conozco cada tempo del deseo porque yo mismo los diseñé. Toqué primero. Busqué el miedo. Busqué el orgullo. Nada. No había pliegues en su alma donde esconder el nombre que los deshace. Oveja o cabra. El que teme o el que se rebela. Entonces llegó su turno. Mantuvo su melodía sin pretensiones. Sin acelerarse, sin adornos, anclada a su propia música. Volví a tocar. Forcé la pieza. Subí el tono, deshice el pulso buscando que me siguiera o que huyera despavorida. Ninguna de las dos. Se me acabó e...
En un valle lleno de colores vibrantes habitaba un Mago de Luz. Su corazón era un cristal sin grietas y su magia, un faro sereno que devolvía claridad a los rincones sombríos. Iluminar era tan natural en él como respirar. En la cima de una montaña envuelta en sombras densas vivía una Bruja de la Niebla. Sus hechizos envolvían, ocultaban y desdibujaban los caminos. La niebla era su refugio y su esencia, tan inevitable para ella como el descenso del río hacia el mar. Al principio, el mago no comprendía. Él, que nunca ocultaba nada, se acercaba con la verdad desnuda y la claridad por bandera. La bruja lo miraba y suspiraba. —Eres tan luminoso… —murmuraba ella—. Tu luz me desnuda. No me deja ser yo misma. Otras veces le pedía que le contara sus miedos más profundos, prometiendo guardarlos en cofres sellados. Pero el mago intuía que ella no quería sanarlos, sino usarlos para espesar su propia bruma. Aun así, algo en él desea...
Todo sucedió muy lentamente. Así suelen suceder las cosas que nadie para a tiempo. Al principio fueron pequeños gestos. Algún mensaje ocasional por la tarde-noche. Luego vinieron un par de emails antes de dormir, por aclarar "asuntillos pendientes". Con el tiempo se hizo costumbre. Después de ponerse el pijama, abría el portátil en la mesa de la cocina y enviaba algunas instrucciones para el día siguiente. Nada importante. Organización de tareas. En la empresa internacional Calzados Buendía, Gabriel había aprendido que la autoridad no se ejerce con órdenes, sino con presencia. La presencia, en su caso, eran notificaciones. Llevaba siete años como abogado interno, siete años de ascensos discretos, de hacerse ver. Sabía colocarse en el lugar oportuno según la ocasión. Lo había aprendido con la misma eficacia con la que otros aprenden a no parpadear cuando mienten. Su destino no era un secreto: llegaría a lo más alto de la empresa en poco t...
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