El mago de luz y la bruja de la niebla
En un valle lleno de colores vibrantes habitaba un Mago de Luz. Su corazón era un cristal sin grietas y su magia, un faro sereno que devolvía claridad a los rincones sombríos. Iluminar era tan natural en él como respirar. En la cima de una montaña envuelta en sombras densas vivía una Bruja de la Niebla. Sus hechizos envolvían, ocultaban y desdibujaban los caminos. La niebla era su refugio y su esencia, tan inevitable para ella como el descenso del río hacia el mar. Al principio, el mago no comprendía. Él, que nunca ocultaba nada, se acercaba con la verdad desnuda y la claridad por bandera. La bruja lo miraba y suspiraba. —Eres tan luminoso… —murmuraba ella—. Tu luz me desnuda. No me deja ser yo misma. Otras veces le pedía que le contara sus miedos más profundos, prometiendo guardarlos en cofres sellados. Pero el mago intuía que ella no quería sanarlos, sino usarlos para espesar su propia bruma. Aun así, algo en él desea...