Visto e ignorado
Todo sucedió muy lentamente. Así suelen suceder las cosas que nadie para a tiempo. Al principio fueron pequeños gestos. Algún mensaje ocasional por la tarde-noche. Luego vinieron un par de emails antes de dormir, por aclarar "asuntillos pendientes". Con el tiempo se hizo costumbre. Después de ponerse el pijama, abría el portátil en la mesa de la cocina y enviaba algunas instrucciones para el día siguiente. Nada importante. Organización de tareas.
En la empresa internacional Calzados Buendía, Gabriel había aprendido que la autoridad no se ejerce con órdenes, sino con presencia. La presencia, en su caso, eran notificaciones.
Llevaba siete años como abogado interno, siete años de ascensos discretos, de hacerse ver. Sabía colocarse en el lugar oportuno según la ocasión. Lo había aprendido con la misma eficacia con la que otros aprenden a no parpadear cuando mienten. Su destino no era un secreto: llegaría a lo más alto de la empresa en poco tiempo. En este momento ocupaba ese peldaño difuso donde un mensaje a las once de la noche puede poner nervioso a la mayoría. Pero el destino, a diferencia de los correos que enviaba Gabriel, no se deja posponer hasta el día hábil siguiente.
Aquella noche, como tantas otras, escribió. No por necesidad, nada urgía tanto. Su pareja se había marchado meses atrás. En su vida privada las noches llegaban ahora tan vacías como el hueco en la cama que había rellenado con una almohada. Redactó una instrucción para recursos humanos, también un par de recordatorios para el área de compras. Observaciones que, según se comentó en alguna ocasión, aportaban más bien poco y que nadie había pedido. Cada mensaje era un pequeño grillete que lanzaba hacia los demás para sentirse, aunque fuera sólo por un instante, el eslabón central de la cadena.
Durante mucho tiempo esto funcionó. Al menos él lo entendía así.
Un martes cualquiera ocurrió algo inesperado: envió su tercer mensaje de la tarde-noche sin que nadie respondiese.
Esperó cinco minutos. Diez. Una hora.
Escribió de nuevo. Nada.
A las tres de la madrugada, Gabriel se encontró frente al espejo del baño, observando las rayas verticales de su pijama de franela como si hubiera algo que descifrar.
A primera hora del día siguiente se dirigió al despacho de la psicóloga de la empresa. Sin cita. No la necesitaba.
Lola levantó la vista del portátil un segundo. Respondió sin dejar de teclear.
Él frunció el ceño.
Gabriel salió sin responder. En el pasillo el aire olía a café, como siempre, como antes. Marta, la contable del departamento de ventas, dejó algo sobre un mostrador y le sonrió al cruzarse con él.
Él se detuvo.
Marta bajó la mirada y aceleró el paso hacia la primera puerta abierta.
Unos pasos más allá, frente a su propio despacho, se cruzó con Isabel y David, los sobrinos de Laura Buendía. Abogados. Muy elegantes. Brillantes.
Isabel siguió caminando junto a su hermano. Comentando algo sobre una demanda, algún problema con unas botas de trekking...
Gabriel se quedó en silencio.
Una gota de sudor frío resbalaba por su sien. Las rodillas le fallaron. Intentó apoyarse en la pared pero la mano no encontró nada. Se desplomó allí mismo.
Cuando abrió los ojos el pasillo seguía oliendo a café. Alguien pasó por encima de su pierna sin detenerse, ni siquiera lo miró, cogió un bombón de la cajita que Marta había dejado en el mostrador y le sacó el papel. Se lo comió sin dudar.
Gabriel se tocó el pecho con la palma de la mano, el corazón le latía demasiado rápido. Sacó el móvil. Marcó el 112.
La pantalla no se apagó.
Él sí.
Un relato de Eitán el Mago


Hola, Eitán, qué duro tu relato, el título le va perfecto, pero qué triste y esas dos frases finales, muy contundentes... Su destino era vivir así: ignorado y así, por desgracia, murió.
ResponderEliminarMuchas gracias por participar en el reto del Tintero.
Un abrazo. :)
Hola, Merche. Buscaba reflejar esto: a veces nos volcamos tanto en el trabajo o en una rutina rígida que nos olvidamos de ser flexibles. Esta rigidez es lo que hace que cualquier revés nos rompa por completo. Gracias por comentar y gracias por tu trabajo. Un abrazo grande.
EliminarEstupendo relato, Eitan! Seco y directo el lenguaje así como sudoroso y molesto tu Gabriel. La tensión va subiendo milímetro a milímetro, y aunque uno sabe que esas cosas pasan en grandes empresas, no se la espera como resolución del relato, sin embargo ese es exactamente el destino. Brillante. Un aplauso y un saludo
ResponderEliminar¡Qué alegría que te haya gustado, Juana! Utilizo un lenguaje seco para un personaje que se va quedando sin aire; no me veo yo intentando hacer las florituras de García Márquez, soy más... contundente, jajaja. La resolución es ese destino inevitable: cuando perdemos la capacidad de reaccionar y terminamos colapsando al primer revés. ¡Gracias por el aplauso y por tu lectura tan aguda!
EliminarNo dice nada bueno dela empresa que un tio así de tonto sea el que mas cobre.
ResponderEliminarSeguro que a su ex le mandaba wasaps desde su lado de la cama.
Por desgracia eso parece un ataque de panico y no un infarto.
Todo esto perjudica al lobby de sus tocayos, eh? Que lo sepas.
Abrazooo y suerte
Hola, Gabiliante. Como te imaginarías, le puse Gabriel por García Márquez, para compensar que no uso su estilo tan ornamental; yo soy más seco, jajaja. No había pensado en que algún compañero se pudiese ver afectado como daño colateral... ¡así que no me lo maltrates tanto!
EliminarTienes razón en que lo de comunicarse por WhatsApp con la pareja le pega totalmente y así acabó la relación, claro. Sea el final un ataque de pánico o un infarto, queda para otra historia. ¡Gracias por pasarte y un abrazo!
Genial, Eitan. Un relato que cambia de tono a partir de ese martes cualquiera en que el protagonista comienza a ser ignorado y va ganando en intriga y tensión a partir de ese momento. El final muy impactante. Muy buena historia.
ResponderEliminar¡Muchas gracias, Marta! A partir de ahí la tensión tiene que ser constante porque el personaje ya no tiene escapatoria. En esta historia, para mí, no pegaba pararse a describir con adornos, porque Gabriel no se detiene ante nada. Buscaba que el lector, lentamente, sintiera esa misma asfixia y falta de aire que él sufre. ¡Un abrazo!
EliminarImpactante relato, Eitán.
ResponderEliminarMuy bien narrado, manteniendo la intriga hasta el final.
Hace años aprendí que, si tienes que morir por una empresa, al menos que sea por la tuya y no por la de otro. Pero Gabriel no debía pensar lo mismo y seguro que no se dio cuenta hasta el final de que, a parte de su trabajo, no tenía absolutamente nada. Y eso es muy triste, tanto para él como para sus compañeros, que tenían que aguantar sus correos a deshoras, cosa denunciable, pues excedía la jornada laboral. Tiene que haber un tiempo para cada cosa y cada cosa en su tiempo.
Mucha suerte en el concurso.
Un abrazo.
Hola, Estrella. ¡Qué gran reflexión! Tienes toda la razón: Gabriel cometió el error de no solo volcarse en la empresa de otro, sino de convertir su trabajo en su única identidad, tanto que no es consciente de que los demás tienen vida privada. Luego, cuando el engranaje falla, se queda en el vacío más absoluto. Muchísimas gracias por el comentario. Un abrazo fuerte.
EliminarHola Eitán.
ResponderEliminarMurió como vivió, ignorado por su entorno y por el mundo entero. ¡Triste sino! Sobre todo si te crees que estás haciendo todo a la perfección, si piensas que sabes ubicarte siempre en el lugar oportuno, si estás seguro que tienes el futuro asegurado. El destino no perdona a quien se cree omnipresente, lo castiga con su peor pesadilla.
¡Muy buen relato! Un abrazo de Marlen
Hola, Marlen. Tienes mucha razón, ese es el gran drama de Gabriel: creerse invulnerable por ser 'omnipresente' en su trabajo. Esa seguridad absoluta es precisamente su punto más débil. La humildad es muy importante en la vida. ¡Muchas gracias por tu lectura y un abrazo!
EliminarCreo que mucha gente construye su vida alrededor del trabajo que hace en la empresa.... empresa de otros..... puede que esa eficiencia/costo-beneficio finalmente afecta a todos quienes son empeados de alguien, sea buen trabajador o malo, en algun punto le va a pasar lo que paso..... y eso los demas ni quieren olerlo, se volvio pasado. quizas el mismo Gabriel tambien ignoro a otros que se fueron antes.
ResponderEliminarExacto. La mayoría construye su vida alrededor de empresa ajena, y en casa ajena las normas las pone el que manda —no hay bien ni mal. Gabriel ignoraba a todo el mundo. "Visto e ignorado" es un bucle infinito. Gracias por comentar, J.C.
EliminarA mayor altura se encumbra una en las casas de comercio y alcurnia, más estrepitoso y amargo resulta el batacazo cuando la fortuna le da a una la espalda. Es verdad palmaria que, aun saliendo de tales empresas de malas maneras y sin el honor que a una le es debido, no por ello se ha de perder la esperanza.
ResponderEliminarSiempre queda la posibilidad de medrar y relucir en otros lares, pues donde una puerta se cierra, Dios suele dejar abierta una ventana para que quien tiene valía pueda volver a brillar con luz propia. No hay mal que cien años dure, ni desdicha que no halle su remedio en tierra nueva.
¡Gracias por este comentario tan barroco, Lucila! Tienes toda la razón, pero donde habla el corazón, la razón guarda silencio. Hay que saber ver las cosas con distancia suficiente para que no nos afecten. Como tú dices: siempre hay dónde medrar y non hay mal que cien años dure. Un abrazo.
EliminarHola Eitán, tu relato tan bien escrito, invita a la reflexión. Nos recuerda que nada es seguro en esta vida, que no hay que darnos demasiada importancia. Tu protagonista estaba tan convencido de su destino / futuro, que cuando se dio cuenta que no se iba a poder lograr, no pudo aguantarlo. Sí, tu cuento tiene un mensaje super importante y oportuno, ahora que todo el mundo anda "corriendo" y queriendo ser muy productivo, que sí, que hay que serlo, pero no exagerar. Me gustó mucho. Abrazos.
ResponderEliminar¡Muchas gracias Ana! el prota se creyó tanto que tenía un porvenir brillante en la empresa que no aguantó el batacazo. En estos tiempos de "correr más que el diablo", "ser el mejor" , "ser el más productivo", como bien dices hay que serlo, pero hasta un límite. ¡Gracias de nuevo y abrazos de vuelta!
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ResponderEliminarMe ha parecido un relato seco, afilado y terriblemente humano, Eitán. La forma en que construyes la caída de Gabriel es implacable: no hay un solo golpe de efecto, sino una acumulación de pequeños gestos cotidianos que, mirados en retrospectiva, forman una losa. El título, "Visto e ignorado", es una sentencia que se cumple en cada línea: los mensajes nocturnos que nadie pidió, la psicóloga que no levanta la vista del portátil, los compañeros que pasan por encima de su pierna para coger un bombón. Ese detalle es brutal y perfecto. El lenguaje, directo y sin concesiones, refleja la rigidez del personaje y su incapacidad para salir del guion que él mismo escribió. Y el final —"La pantalla no se apagó. Él sí"— es de una contundencia que deja sin aire. Gabriel no muere por un infarto cualquiera: muere de ser ignorado, de haber construido su identidad sobre un engranaje que podía reemplazarlo sin un segundo de duelo. Un cuento que invita a mirar el propio móvil y preguntarse si los que están al otro lado nos verían caer. Gracias por compartirlo. Un abrazo grande.
Hola, Raquel. Muchísimas gracias por tu lectura tan profunda, me dejas sin palabras. Esa idea de ser tan rígido que un disgusto puede matarte resume lo que quería transmitir. El detalle del bombón... podría pasar en cualquier empresa. Un abrazo enorme de vuelta.
EliminarHola Eitán. Gabriel no ha entendido de que va la vida, y por desgracia no es un caso aislado. La necesidad de sentirse valorado, de encajar en un grupo, es típico de la condición humana, pero hay quien se aferra a una posición social o laboral para conseguir esa sensación de poder, descuidando lo que de verdad importa, las relaciones personales y la vida privada. Así, cuando ese éxito se derrumba, con él se va toda una vida que no tiene más sustento. Lo has expresado muy bien en tu relato, cuando el personal comprende que la posición de su jefe ya es pasado, nadie se interesa por lo que es, por su persona, se convierte en alguien prescindible, ignorado. Prescindible incluso para sí mismo. Un abrazo.
ResponderEliminarHola, Jorge. Muchísimas gracias por tu análisis tan lúcido. Jugar todo a una sola carta —que ni siquiera es tuya— es casi siempre apostar por el caballo perdedor. Gabriel se hizo tan dependiente de su puesto que acabó siendo prescindible hasta para sí mismo. Un abrazo fuerte de vuelta.
EliminarHola Eitan! En ocasiones nuestro destino nos lo buscamos nosotros mismos, con cada pequeña acción de cada día. Al final nos saca factura. Un abrazote y suerte en el concurso!
ResponderEliminarHola, Marifelita. ¡Totalmente de acuerdo! El destino nos lo buscamos nosotros mismos con cada pequeña acción. Cuando llevas años arriba en una empresa que no es tuya, cualquier cambio de viento puede pillarte sin darte cuenta, sobre todo si te has comportado con soberbia, como Gabriel. Un abrazote y suerte también en el concurso.
EliminarHola, Eitán. Un relato que encoge el corazón. Me ha gustado el modo en que construyes la tensión de a poquito y las referencias a la obra homenajeada en esta edición. Y, por supuesto, el detalle del bombón que deshumaniza por completo, con ese empleado anónimo, a la empresa.
ResponderEliminarUn abrazo.
Hola. Muchas gracias por tu lectura. Ya sabes que a veces —al menos a mí— la inspiración sale por donde quiere y cuando quiere. Escribir como Gabo no es mi objetivo, conozco mis límites, pero a mi manera intenté hacerle un pequeño homenaje. Un abrazo fuerte.
EliminarHola, Eitán.
ResponderEliminarTe lo diré sin rodeos: me ha encantado tu relato, cómo has descrito con calma el ascenso y la posterior brutal caída de una persona que de compañero bien poco tenía, por lo que (casi) me alegro de haber asistido a su final en tu fantástico desenlace, con el detalle del bombón que es pura poesía por su carga de indiferencia como macabra venganza.
¡Y qué dos líneas finales, brutales!
Digo todo esto porque yo he visto a Gabriel como el "trepa" que sólo es feliz sintiendo su poder aplastando a los que le rodean, en este caso en su puesto de trabajo porque en su vida privada estaba bien solo.
Gracias por compartir esta maravilla. Y te diré que opino que desearte suerte es innecesario...
Te envío un fuerte abrazo.
Hola, Patxi.
EliminarMuchísimas gracias por tu comentario tan generoso —he leído relatos increíbles, sin ir más lejos el tuyo.
Me alegra que hayas visto al auténtico Gabriel, ese trepa que solo se sentía vivo pisando a los demás, aunque no se diga explícitamente; su vida era el ascenso. El bombón fue la última demostración de desprecio —con razón o sin ella—, que no deja de ser una persona, pero esto es una historia, no un ensayo de ética, jajaja.
Un abrazo enorme de vuelta.
Hola Eitan. Chulo tu relato. Abrazotes Santi
ResponderEliminarGracias por pasarte a comentar, Santi. Abrazotes de vuelta.
EliminarEsto suele ocurrir a los que hacen del trabajo el centro de sus vidas. los que solamente se relacionan a través de las pantallas. El final suele ser desastroso para los que toman malas decisiones. Lo más fácil después de que ocurra lo irremediable, es echarle la culpa al destino o la mala suerte.
ResponderEliminarMuy intenso con final de impacto.
Un abrazo.
Esto que dices es duro, pero también muy cierto. A veces nos dejamos arrastrar sin darnos cuenta y solo vemos el golpe cuando ya es tarde. Supongo que por eso es tan importante parar a tiempo y mirar un poco más allá de la pantalla y de la oficina. Gracias por comentar, deja pensando. Otro abrazo.
EliminarTu relato describe la situación de algunos que hacen del trabajo el centro de su vida y esto les lleva a ese final tan duro para tu protagonista.
ResponderEliminarInteresante tema
Un abrazo Eitan
Puri