Muerte viva

El interior de la casa de piedra, encajada entre las rocas del monte Pindo, huele a una mezcla singular de leña quemada y arcilla fresca. Frente al enorme torno, de más de un metro de diámetro,está sentada Lúa que hunde sus dedos en la arcilla; la masa espesa toma formas suaves bajo su contacto. En la misma sala está Barrabás, un gato anaranjado de pelaje áspero y ojos muy abiertos que observa desde lo alto de una estantería. Justo debajo de su puesto de vigilancia se alinean grandes macetas de barro cocido, similares a la que está ahora mismo siendo creada. Cada una de esas macetas contiene ya una hermosa planta con flores y un cartel con su nombre. Lúa no es jardinera.

El hechizo que mejor domina reside en el ritmo con el que trabaja esa arcilla que trae de Buño cada cierto tiempo. Sus manos suben y bajan por el cilindro con una lentitud sensual, mientras canta, ejecuta una coreografía aprendida desde niña. Las sombras proyectadas por la lumbre transforman la rutina diaria en un ritual sagrado. En la casa se escucha el chisporroteo de las ascuas, el siseo del torno y su voz.

—Dime, ¿cual es tu nombre, moza de mala casta? —Mi nombre es la Muerte Viva... y con mi mirada basta.

Faltan cinco minutos para las once de la noche. Lúa se levanta, deja la maceta empezada en el torno y se limpia las manos en el delantal de cuero. Se acerca a la mesa, desbloquea el móvil. La pantalla ilumina su rostro y revela unas profundas arrugas. Abre la aplicación de vendocoches.es, levanta una ceja mientras mira una notificación. El Audi A5 de la semana pasada ya tiene comprador. La interesada quiere recogerlo en Carballo. Lúa sonríe, muestra unos dientes demasiado blancos y demasiado fuertes para los años que aparenta.

Abre la aplicación de reserva de vuelos. Reserva un vuelo a México para la semana siguiente.

Se ajusta un manto de lana oscura y sale al frío cortante del Pindo. El desfiladero cae bajo ella como un pedestal hacia el vacío. No tiene una escoba de retama ni ungüentos de belladona. Simplemente se acerca al borde del risco, cierra los ojos y aspira el aroma del Atlántico.

El viento la recibe como a una vieja amante y la sostiene en un planeo silencioso mecida como una pluma. Mientras desciende hacia la carretera que serpentea hacia Carnota, su silueta cambia y rejuvenece.

A las once de la noche, el asfalto es una vena negra por donde circulan ya pocos vehículos.

Desde el aire, a lo lejos, ve la luz de una moto recortando la oscuridad. El motor ronco, de gran cilindrada, se dirige a la playa. Ella aterriza con delicadeza más adelante, se desprende del manto y deja ver un vestido sencillo y muy ajustado a un cuerpo ya totalmente rejuvenecido.

Levanta la mano. Los árboles proyectan sus garras cuando el foco los ilumina.

La moto frena en seco con un derrape marcando el asfalto. El piloto, un tipo con chaqueta de cuero y casco integral, levanta la visera. Es joven. Está sorprendido.

Lúa suelta una carcajada cristalina que hace que Barrabás, a dos kilómetros de allí, erice el lomo.

El motor ruge. El joven se estremece. Se desvía por un camino forestal que Lúa conoce muy bien.

El sendero se adentra entre los árboles. Álex redujo un momento, casi hasta pararse. Lúa le aprieta con las rodillas mientras le abraza.

Vuelve a acelerar. El sendero muere en un garaje de bloque oculto tras una moderna casa de piedra con un enorme jardín.

Para la moto. Lúa se baja e indica al joven que la guarde a cubierto. Álex mira alrededor. No hay más casas cerca.

Una vez dentro el chico recorre el espacio con la mirada. Se queda con la boca abierta. Hay un Audi A5 casi nuevo, un todoterreno embarrado y una moto clásica.

Luego mete la mano tras la placa de metal y la arranca de cuajo. Deja la original sobre un estante, junto a un fajo de papeles y otra matrícula ya preparada, de color blanco reluciente y números distintos.

El chico intenta preguntar, su boca se mueve, pero su lengua no le responde. Saca el móvil de su bolsillo, pero no logra desbloquearlo. Sus dedos no obedecen. Se le cae.

Lúa lo aparta con el pie, elegante, toma al motorista de la mano y lo conduce a la casa...

Ella lo conduce a la casa. Lo conduce. Él la sigue. Camina. Camina despacio. Arrastra los pies. Los pies pesados. Los pies torpes. Todo da vueltas.

El joven consigue centrarse por un instante. La lumbre está encendida. El calor del hogar lo envuelve, pero su cara sigue totalmente pálida.

Ella le ayuda a sentarse en el taburete frente al torno. Barrabás salta sobre sus rodillas y lo mira fijamente.

El chico obedece sin saber muy bien por qué; enfrente, la gran maceta a medio acabar aún húmeda sobre el disco del torno espera inmóvil. Lúa le saca las botas, la chaqueta, el pantalón... lo desnuda por completo. Se coloca detrás y lo ayuda a sentarse dentro de la maceta aún fresca. Después empieza a aplicar barro rojo sobre sus piernas.

Intenta levantarse, quiere escapar, pero su cuerpo ya no le pertenece. El gato vuelve a su estante. El barro, que al principio era blando, fresco, casi agradable, se ciñe alrededor de sus piernas con una firmeza húmeda, como unas manos que no quieren soltarlo. Tira de una pierna. Nada. Con la otra el barro tampoco cede ni un milímetro; se tensa, absorbiendo el esfuerzo.

Lúa mira al estante donde Barrabás se lame la pata y luego vuelve la vista a Álex. Apoya las manos en sus costados con una calma casi cariñosa y pone el torno en marcha. El siseo inunda la estancia. Constante. Hipnótico. El chico empieza a girar despacio dentro de la maceta, sin poder evitarlo, como si siempre hubiera estado destinado a hacerlo.

El muchacho sigue girando y el barro sube un poco más, le cubre las costillas. Cada vuelta lo pega más al barro, lo integra. Siente el frío filtrarse a través de la piel, atravesarlo. Ya no es solo contacto: es invasión.

No puede. Sus brazos reaccionan tarde, tan torpes y pesados. Apenas puede moverlos. Intenta agarrar las muñecas de su captora, pero los dedos no cierran del todo. Tose. Escupe el barro.

Su piel arde. Un calor abrasador emana de su pecho, una fiebre que se extiende desde el barro rojo hasta la arcilla gris que lo rodea. La masa a su alrededor palidece y se endurece. Lúa sonríe mientras trabaja de nuevo la maceta. Ella ni siquiera suda. El torno gira más rápido ahora. La arcilla casi es una maceta completa. Mientras el barro toma forma, él la pierde.

El chico abre la boca, quiere gritar, pero lo único que sale de su garganta es un sonido seco, quebrado. Mira hacia abajo.

Su piel se está cuarteando.

Primero pequeñas líneas, finas como hilos, en los pies. Luego se extienden por las piernas. No duele como una herida. Nota una tirantez creciente, insoportable, como si algo desde dentro empujara hacia fuera sin encontrar salida. El torno no para. Él tampoco.

Intenta mover los dedos de los pies, pero ya no tiene dedos. En su lugar, hay algo que crece. Algo que se abre paso.

Lúa aprieta el barro contra su torso, redondeando las paredes de la maceta con una precisión perfecta. Sus manos suben y bajan por lo que antes era un cuerpo humano, rítmicas. Cada vuelta del torno le roba un poco más de forma humana.

Todavía puede mirar sus manos.

Los nudillos han desaparecido bajo una capa suave, de colores. Los dedos se deforman, blandos, curvándose de formas extrañas. La piel se desprende en fragmentos secos, dejando ver una textura fibrosa, verde, húmeda.

Quiere llorar, pero ya no tiene ojos.

Le sostiene lo que queda de la barbilla un instante. Él ya no puede responder. El torno se ralentiza. Él también.

Sus brazos terminan de estirarse hacia arriba, afinándose, dividiéndose en tallos. Donde antes había venas, ahora corre savia. Donde antes había calor, ahora hay una calma extraña, vegetal.

Cuando el torno se detiene, en su lugar ya no queda un hombre, sino una maceta de arcilla recién formada, de bordes suaves y proporciones perfectas. De su centro brota una planta vigorosa, de hojas tensas y flores abiertas en colores intensos, casi eléctricos.

Lúa pasa los dedos por los pétalos, satisfecha.

Se acerca a un saco de arpillera apoyado junto a la pared y lo abre con un gesto experto. El olor a tierra llena la estancia.

Con una pala pequeña empieza a verter sustrato alrededor del tallo, cubriendo poco a poco el interior de la maceta. La tierra cae en golpes suaves, amortiguados, asentándose con un sonido sordo.

Durante un instante —apenas un segundo— algo parece moverse bajo la tierra.

Lúa presiona con la palma, firme.

Añade un poco más, nivela con cuidado y retira el exceso con los dedos. La planta queda erguida, perfecta, enraizada en su nuevo hogar.

Lúa levanta la hortensia con cuidado, la mueve como si no pesara nada, y la coloca en su sitio. La pone junto al girasol que siempre mira hacia la pequeña ventana, el rosal de espinas agresivas y el geranio rojo.

Apunta en un cartón «Álex» y lo pega al tiesto mientras canta.

—Dime, ¿cuál es tu nombre, moza de mala casta? —Mi nombre es la Muerte Viva... y con mi mirada basta. —Dime como te chamas, rapaz de Maragatos, —para apuntar o teu nome na sola dos meus zapatos. —Ti non cres nas meigas, pero habelas, hainas… —Eu son unha delas, —Non me puidestes queimar —e agora o ides lamentar.

Acaricia los pétalos de las flores de su nueva planta. Mira el reloj de pared. Es la una de la mañana. Pone arcilla de nuevo en el torno y la tapa con un paño. Barrabás maúlla mientras roza la cola contra las piernas de Lúa. Ella se levanta y le sirve en su cuenco de barro una gran ración de atún premium que el animal come con calma.

Se sienta a contemplar a su nueva hortensia. Los pétalos todavía tiemblan, pero no se nota ninguna corriente de aire.

Una hora después, Lúa se pone de nuevo el manto.

Sale. Esta vez se detiene unos segundos al ver que un rosal del jardín se ha marchitado. Lo arranca de cuajo con su mano desnuda y lo tira al cubo de basura del exterior. No sangra.

Mira la carretera y allá abajo, un par de coches circulan hacia Carnota.

Sin mirar atrás, se lanza al vacío.

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