Cicuta con sabor a fresa
Cicuta con
Sabor a Fresa
Un juicio muy dulce y bastante venenoso
Culpable de «delito de injurias contra el paladar infantil»
y de «corrupción de los hábitos recreativos en la niñez»
Era un martes por la mañana como cualquier otro, pero hoy el patio exterior del colegio estaba completamente abarrotado. Más de quinientos niños de primaria se sentaban en las gradas de madera, algunos mascaban chicles, otros tiraban bolas de papel, y desde fuera lo que se percibía era un alboroto ensordecedor. En el centro del patio habían colocado un estrado de madera y allí, de pie sobre él, se encontraba Sócrates; un maestro cincuentón de barba descuidada y ropa con más años que los alumnos.
Frente a él, con sus delantales blancos inmaculados, se erguía la directiva de la ARCA, la Asociación de Reposteros de la Ciudad de Atenas.
La Pastelera Mayor era una mujer un poco gruesa y muy sonriente que llevaba un gran gorro blanco. Dio un paso al frente y levantó una enorme piruleta de fresa a modo de cetro, trazó tres círculos con ella en el aire como si hiciera magia, mientras pedía silencio a los niños. Todos se rieron, pero poco a poco el volumen fue bajando. Habló:
—¡Niños de Atenas! Hemos traído ante vuestro tribunal a este viejo monstruo porque ya no soportamos más su crueldad. Este hombre odia vuestra felicidad. ¡Os obliga a apagar las pantallas, a sentaros en silencio y a memorizar las tablas de multiplicar!
Un murmullo de indignación recorrió las gradas. Algunos pequeños recordaron el trauma de las sumas de dos cifras, otros cuando les obligó a estudiar la tabla de multiplicar; incluso de los ojos de muchos niños y niñas brotaron algunas lágrimas.
—¡Miradlo bien! —prosiguió la pastelera—. Mientras la ARCA se desvive por ofreceros donuts glaseados, chocolatinas crujientes y refrescos con gas que os hacen cosquillas en la nariz, este supuesto «maestro» os confisca los caramelos y los móviles para guardarlos en un cajón. Os obliga a pasar hambre y sed de diversión. Os quema las pestañas con libros aburridos y os somete al tormento de pensar por vosotros mismos; os hace preguntas difíciles que os provocan dolor de cabeza. ¡Os hace llorar! ¡Os corrompe la infancia! Dice que lo hace por vuestro futuro, pero… ¿quién quiere pensar en el futuro cuando hay tarta de chocolate aquí mismo? —Señaló la mesa de tartas a su derecha.
Los niños estallaron en aplausos. Un coro de voces infantiles coreó: «¡Fuera! ¡Mal maestro! ¡Queremos tarta!».
Otra pastelera se dirigió directamente a Sócrates.
—¿Por qué obligas a los niños a sufrir hoy a cambio de un futuro que nunca llega? Como bien se sabe, un meteorito acabó con los dinosaurios... y ninguno de ellos llegó a probar mi helado de mango. Un meteorito que puede volver en cualquier momento, ¿o acaso lo niegas? Nosotros ofrecemos felicidad real, ahora mismo, hoy. ¿Qué das tú?
Una niña pelirroja levantó la mano tímidamente.
—Señora pastelera... ¿y si ese meteorito no viene nunca?
La pastelera no respondió. Bajó del atrio en el que estaba la ARCA y caminó lentamente hacia la niña. Cuando llegó, se agachó y le ofreció chuches.
—Escoge las chuches que más te gusten, cariño. Siempre acaba viniendo algún meteorito —susurró.
Sócrates observó el panorama. Miró aquellos rostros, unos enfurecidos y otros compungidos con lágrimas. El viejo maestro suspiró, dio un paso al frente y habló con la calma de quien sabe que el veredicto ya está decidido.
—¡Niñas y niños de Atenas! —dijo, y su voz resonó por encima del murmullo—. No voy a pediros perdón. Solo voy a decir mi verdad, aunque no os guste escucharla. Ellos llaman «libertad» a comer lo que queráis sin preguntar nunca el precio, pero siempre hay que pagar. A vosotros os divierte pasar el día mirando una pantalla sin pensar que las consecuencias llegan, y una cosa más, no conoceréis el valor del esfuerzo y el placer de conseguir algo por merecimiento propio si nadie os lo enseña. Yo llamo libertad a poder preguntar el precio de todo, incluso el de vuestra propia felicidad. Un día, no muy lejano, alguien os venderá algo mucho más caro que un helado, quizá una mentira con buen sabor que os condenará para siempre. ¿Cómo distinguiréis lo bueno de lo malo si nunca habéis aprendido que no todo lo dulce alimenta y que no todo lo amargo hace daño? Si mañana os ofrecen un mundo sin preguntas, ¿cómo sabréis que no es una jaula con paredes de caramelo? ¿No es el exceso de dulce un veneno?
La Pastelera Mayor se echó a reír, sacó una caja de bombones helados de chocolate y empezó a repartirlos por las primeras filas.
—¿Lo veis, muchachos? —gritó—. ¡Sigue insultando vuestra inteligencia! Dice que sois ignorantes y que mis bombones os envenenan. ¿Os sentís mal? ¿Estáis envenenados? ¡Os está llamando tontos en vuestra propia cara!
El patio se transformó en un manicomio. Los niños, muy enojados con la amargura del maestro y un posiblemente un poco cegados por el subidón de azúcar, empezaron a patalear en las gradas.
—Ya tendrán tiempo de aprender todo eso, viejo amargado. No perdamos más tiempo y procedamos a la votación —prosiguió.
Entonces se procedió a la votación, y por amplísima mayoría de más de dos tercios, el jurado declaró a Sócrates culpable de «delito de injurias contra el paladar infantil» y también de «corrupción de los hábitos recreativos en la niñez».
La Pastelera Mayor, con una sonrisa de oreja a oreja, dictó sentencia:
—Puesto que este viejo maestro desprecia el dulce sabor de nuestra gestión, queda condenado a beber una jarra de veneno. Traed la jarra de cicuta… pero ponedle un chorrito de sirope de fresa, para que vea que la ARCA no le guarda rencor.
Sócrates colocó su chaqueta en el suelo y se sentó sobre ella. Miró por última vez a aquel tribunal de infantes dóciles que creian gozar de libertad, bebió la jarra entera de un trago y cayó en un profundo sueño.
Los enfermeros, que ya esperaban en silencio detrás de los pasteleros, se lo llevaron en la camilla entre gritos: «¡Que se vaya, que se vaya!»
Los niños bajaron corriendo a comer tarta de chocolate, helados, pasteles y refrescos, celebrando la victoria.
Solo la niña pelirroja se quedó un momento más en las gradas, con la chuche en la mano, mirando el estrado vacío donde antes había estado el maestro. Después, despacio, la guardó en el bolsillo y bajó sin apresurarse.
Nadie, salvo, quizás, la niña que jamás llegó a comer aquella chuche.

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