Cicuta con sabor a fresa

Una fábula donde la cicuta sigue matando, solo que ahora viene endulzada con sirope de fresa.

Fábula contemporánea 🍭

Cicuta con
Sabor a Fresa

Un juicio muy dulce y bastante venenoso

Culpable de «delito de injurias contra el paladar infantil»
y de «corrupción de los hábitos recreativos en la niñez»

✗ Culpable ✗

Era un martes por la mañana como cualquier otro, pero hoy el patio exterior del colegio estaba completamente abarrotado. Más de quinientos niños de primaria se sentaban en las gradas de madera, algunos mascaban chicles, otros tiraban bolas de papel, y desde fuera lo que se percibía era un alboroto ensordecedor. En el centro del patio habían colocado un estrado de madera y allí, de pie sobre él, se encontraba Sócrates; un maestro cincuentón de barba descuidada y ropa con más años que los alumnos.

Frente a él, con sus delantales blancos inmaculados, se erguía la directiva de la ARCA, la Asociación de Reposteros de la Ciudad de Atenas.

La Pastelera Mayor era una mujer un poco gruesa y muy sonriente que llevaba un gran gorro blanco. Dio un paso al frente y levantó una enorme piruleta de fresa a modo de cetro, trazó tres círculos con ella en el aire como si hiciera magia, mientras pedía silencio a los niños. Todos se rieron, pero poco a poco el volumen fue bajando. Habló:

Un murmullo de indignación recorrió las gradas. Algunos pequeños recordaron el trauma de las sumas de dos cifras, otros cuando les obligó a estudiar la tabla de multiplicar; incluso de los ojos de muchos niños y niñas brotaron algunas lágrimas.

Los niños estallaron en aplausos. Un coro de voces infantiles coreó: «¡Fuera! ¡Mal maestro! ¡Queremos tarta!».

Otra pastelera se dirigió directamente a Sócrates.

Una niña pelirroja levantó la mano tímidamente.
—Señora pastelera... ¿y si ese meteorito no viene nunca?

La pastelera no respondió. Bajó del atrio en el que estaba la ARCA y caminó lentamente hacia la niña. Cuando llegó, se agachó y le ofreció chuches.

🎂

Sócrates observó el panorama. Miró aquellos rostros, unos enfurecidos y otros compungidos con lágrimas. El viejo maestro suspiró, dio un paso al frente y habló con la calma de quien sabe que el veredicto ya está decidido.

La Pastelera Mayor se echó a reír, sacó una caja de bombones helados de chocolate y empezó a repartirlos por las primeras filas.

El patio se transformó en un manicomio. Los niños, muy enojados con la amargura del maestro y un posiblemente un poco cegados por el subidón de azúcar, empezaron a patalear en las gradas.

Entonces se procedió a la votación, y por amplísima mayoría de más de dos tercios, el jurado declaró a Sócrates culpable de «delito de injurias contra el paladar infantil» y también de «corrupción de los hábitos recreativos en la niñez».

La Pastelera Mayor, con una sonrisa de oreja a oreja, dictó sentencia:

🍓

Sócrates colocó su chaqueta en el suelo y se sentó sobre ella. Miró por última vez a aquel tribunal de infantes dóciles que creian gozar de libertad, bebió la jarra entera de un trago y cayó en un profundo sueño.

Los enfermeros, que ya esperaban en silencio detrás de los pasteleros, se lo llevaron en la camilla entre gritos: «¡Que se vaya, que se vaya!»

Los niños bajaron corriendo a comer tarta de chocolate, helados, pasteles y refrescos, celebrando la victoria.

Solo la niña pelirroja se quedó un momento más en las gradas, con la chuche en la mano, mirando el estrado vacío donde antes había estado el maestro. Después, despacio, la guardó en el bolsillo y bajó sin apresurarse.

🍬
Años después, la mayoría de aquellos niños se convertirían en diabéticos, unos pocos en pasteleros, y casi ninguno en maestro. Cada generación la historia se repite: los niños creen que ganan, los pasteleros ganan siempre, y apenas queda ya nadie que quiera ser maestro.

Nadie, salvo, quizás, la niña que jamás llegó a comer aquella chuche.
La ARCA no se hace responsable de los efectos secundarios del sirope de fresa. 🍓

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