El tiempo esculpido en arcilla
El tiempo
esculpido en arcilla
La observación del firmamento mesopotámico
«Del ocaso del Sol a la puesta de la Luna: 15,5 UŠ.
La Luna estaba 1,66 codos delante de α Virgen.
Noche del 1: nubes cruzaron el cielo.»
Antes de que existiera nada parecido a la astronomía, alguien tuvo que subir a una azotea de barro en Babilonia, con sueño o con ganas de fiesta, y mirar al horizonte porque le tocaba el turno. Conviene recordar que los que hicieron esto no eran genios encerrados en una torre. Eran sacerdotes de templo, gente corriente —algunos espabilados, otros probablemente bastante mediocres, como en cualquier oficio de cualquier época— que comían, bebían, discutían con sus vecinos, cantaban en las fiestas del templo y, además, tenían la obligación de fijarse en el cielo.
¿Por qué empezaron?
Porque les interesaba, y mucho. Antes de existir los calendarios, el tiempo lo marcaba la Luna. El mes nuevo empezaba cuando alguien veía, por primera vez, la fina hoz del creciente asomando al anochecer. De eso dependía cuándo sembrar, cuándo pagar un tributo, cuándo celebrar una fiesta. Si esa noche nadie miraba, o alguien se equivocaba, todo el calendario se desajustaba. Así que decidieron mirar cada noche, y esa rutina se repitió durante siglos.
Con el tiempo no les bastó con decir «ya salió la Luna» y empezaron a medir cuánto tardaba en aparecer o desaparecer respecto al Sol, con una unidad de tiempo muy pequeña, de apenas cuatro minutos de los nuestros. Ese dato, repetido noche tras noche durante generaciones, terminó por revelarles que el cielo, con todo su aparente capricho, se repetía. Que se podía predecir.
Quién anotaba el cielo
Los que anotaban lo que observaban em el cielo eran sacerdotes de los templos de Babilonia y Uruk, y el puesto solía pasar de padres a hijos, como cualquier otro cargo religioso. Vigilar el cielo era una obligación más entre varias —el mismo hombre podía ejercer también de exorcista o de cantor ritual— y a cambio recibía parte de las ofrendas del templo. No era una vocación de científico solitario; era un turno de guardia sagrado, con nómina en especie.
Los nombres que nos llegaron son todos de hombres. Eso no significa que ninguna mujer se dedicara jamás a esto: sabemos que en otros templos mesopotámicos, como el de Sippar, sí hubo mujeres que trabajaban como escribas —algunas durante décadas—, aunque en una época bastante anterior y para otro tipo de tareas, como llevar contratos y cuentas, no diarios del cielo. En el caso concreto de la vigilancia astronómica, ningún nombre de mujer ha llegado hasta nosotros.
Una noche cualquiera
Imagina a uno de ellos subiendo a la terraza del templo con una tablilla de barro fresco bajo el brazo, todavía blanda, envuelta en un paño húmedo para que no se seque antes de tiempo. Puede que esté de mal humor porque le toca precisamente esa noche que no le apetece nada. El sacerdote espera a que el Sol se ponga, cuenta el tiempo hasta que la Luna hace lo mismo, y solo entonces presiona la caña contra la arcilla; hay que hacerlo rápido, porque si el barro se seca demasiado ya no se puede grabar bien. Pero antes de escribir, mide, usando su cuerpo.
Cómo medían el tiempo: la clepsidra
Los babilonios usaban la clepsidra, un reloj de agua consistente en una vasija con un agujero calibrado para medir un UŠ (unos cuatro minutos). Este sistema venía de la tradición sumeria, que ya contaba en base 60 desde el tercer milenio a.C. Esa lógica sexagesimal se aplicaba a los pesos (1 talento = 60 minas) y también al cielo, dondeel día se dividía en 360 UŠ, y cada mina de agua correspondía a 60 UŠ, es decir, a 60 grados de arco celeste. La física de un reloj de agua es más compleja que una simple proporción, y los textos mezclan a veces proporciones de 2:1 y de 3:2, lo que desconcierta a los historiadores desde décadas. Para quien quiera profundizar en los aspectos matemáticos y astronómicos, la obra de referencia es Astronomical Diaries and Related Texts from Babylonia, de Sachs y Hunger . Sobre el análisis específico de las estaciones planetarias, el estudio de Steele y Meszaros es la fuente más actualizada y detallada, e incluye la base de datos completa de registros de estaciones y las anomalías observadas en las fechas de Saturno.
El texto MUL.APIN que describe este sistema explica que, en el equinoccio, el día y la noche se medían con 3 minas de agua cada uno. En el solsticio de verano, el día requería 4 minas y la noche 2. En el solsticio de invierno, al revés. El peso del agua era la medida del tiempo. Un sistema elegante, preciso, y que no dependía de mirar el Sol.
Cómo medían los ángulos
Para las distancias entre astros usaban el brazo y la mano. Extendían el brazo hacia el cielo y alineaban los dedos o el puño con los dos objetos que querían medir. El puño cerrado equivalía a unos 10 grados. La mano abierta, del meñique al pulgar, equivalía a unos 20 grados. Un codo —la distancia del codo a la punta del dedo corazón— contenía 24 dedos, y era la unidad base para distancias angulares mayores.
Así, cuando un escriba anotaba que «la Luna estaba 1 codo delante de Júpiter», estaba diciendo que la distancia entre ambos astros era, aproximadamente, la anchura de un brazo extendido contra el cielo nocturno. No era una medida exacta en el sentido moderno, pero era consistente: el mismo escriba, usando su propio brazo, obtenía medidas comparables noche tras noche.
La anotación típica
Ahora ya puede escribir, y lo hace de forma telegráfica, precisa, desprovista de adornos — tampoco la tablilla de arcilla parece un lugar adecuado para hacer otra cosa. Para que nos hagamos una idea exacta, estas dos entradas están extraídas de tablillas reales que se conservan en museos, traducidas directamente de los textos cuneiformes originales.
Una entrada típica de un Diario Astronómico real podría leerse así:
Mes V, el día 1 coincidió con el 30 del mes anterior. Del ocaso del Sol a la puesta de la Luna: 15,5 UŠ. La Luna estaba 1,66 codos delante de α Virgen. Noche del 1: nubes cruzaron el cielo.
O esta otra, también documentada:
Año 77 del rey Seleuco, mes VIII, día 1. Del ocaso del Sol a la puesta de la Luna: 14 UŠ. No vigilé. El día 1, Saturno se detuvo en Cáncer. Noche del 3: la Luna estaba 1 codo delante de Júpiter, hacia el oeste.
Cada palabra en estas tablillas tiene un propósito. «15,5 UŠ» significa que transcurrieron 62 minutos desde que el Sol se puso hasta que la Luna se ocultó. «α Virgen» (conocida hoy como Spica, la estrella más brillante de la constelación de Virgo) y «Cáncer» son las referencias celestes que usamos hoy para traducir aquellas coordenadas; los escribas medían la posición de los planetas y la Luna respecto a esas grandes balizas estelares. «No vigilé» (que en el acadio original se abrevia como NU PAP) significa que las nubes cubrieron el cielo esa noche, o que el observador no pudo hacer la guardia.
«Saturno se detuvo en Cáncer» describe un fenómeno real: astronómicamente, durante unos días el planeta frena su avance contra el fondo de las estrellas, se detiene visualmente en un punto del cielo, y luego empieza a retroceder (movimiento retrógrado aparente). Para los antiguos observadores mesopotámicos, este momento de quietud aparente era especialmente significativo y llamativo, de ahí que lo registraran con tanta precisión en sus tablillas.
Los babilonios no anotaban «salida de la Luna» o «puesta de la Luna» como eventos aislados. Lo que anotaban era la separación temporal entre la Luna y el Sol: «del ocaso del Sol a la puesta de la Luna», «de la salida de la Luna al ocaso del Sol». Medían intervalos, no horas absolutas. Porque el tiempo, para ellos, no era una línea recta que se pudiera marcar con números, sino una relación entre dos astros.
Los diarios que conservamos son, en su mayoría, compilaciones. Alguien —probablemente no el mismo que observó— tomaba las notas de varios días o semanas y las copiaba en una tablilla más grande, cuidando la caligrafía, ordenando los datos. Sabemos que esto era así porque los diarios largos no muestran signos de escritura por etapas, sino que están escritos de una sola vez, con la misma presión y el mismo estilo.
¿Para qué anotaban?
Aquí está la clave que a menudo se pasa por alto. Los diarios astronómicos no eran un fin en sí mismos. No eran «ciencia» en el sentido de conocimiento desinteresado. Eran, ante todo, herramientas de adivinación y de gestión del calendario — podríamos decir que eran búsqueda de patrones. Se han podido distinguir tres razones.
La motivación principal era astrológica. Los babilonios creían que los fenómenos celestes eran signos enviados por los dioses. La serie Enūma Anu Enlil contenía miles de presagios: «Si la Luna aparece rodeada de un halo, el rey morirá». Los diarios servían para verificar y refinar estos presagios.
Pero había una razón más práctica: el calendario. El mes babilónico comenzaba con la primera aparición de la luna creciente. Sin embargo, las nubes podían impedir la observación. Los astrónomos necesitaban predecir cuándo aparecería la Luna, para no depender del capricho del clima. Los diarios proporcionaban los datos empíricos necesarios para desarrollar reglas aritméticas fijas y secuencias de cálculo escritas en tablillas —lo que hoy llamaríamos fórmulas matemáticas escalonadas— que permitían calcular las posiciones lunares y planetarias mediante cuentas, sin necesidad de mirar el cielo. Gracias a esta acumulación tozuda de registros, los babilonios dieron un paso histórico que ninguna otra civilización había logrado antes y fueron los primeros en predecir con precisión eclipses y eventos extraordinarios. Descubrieron que los fenómenos celestes obedecían a ciclos matemáticos estrictos, como el famoso ciclo de Saros, convirtiendo el terror a lo desconocido en una fría ecuación grabada en barro.
A esto se sumaba una tercera función clave: la crónica histórica y la economía. Los diarios incluían, junto a las observaciones celestes, datos sobre el nivel del Éufrates, los precios del grano, la cebada y la lana, y acontecimientos políticos de gran calado. Un diario del año 273 a.C., por ejemplo, menciona explícitamente los movimientos de tropas durante la guerra entre los seléucidas y los ptolomeos. Los diarios eran, en el sentido más literal, periódicos del cielo y de la tierra, donde la economía, la meteorología y la geopolítica convivían en la misma línea de arcilla.
Esta mezcla respondía a la profunda convicción de que el cosmos y la sociedad formaban un único organismo interconectado. Si un planeta realizaba un movimiento extraño o la Luna aparecía con un halo siniestro, los sacerdotes consultaban los manuales de presagios para interpretar qué catástrofe se avecinaba. Aquí es donde la economía real solía descarrilar por completo, ya que al interpretar que una determinada alineación astral anunciaba escasez o la ira de los dioses, las autoridades palaciegas y los comerciantes entraban en pánico preventivo. Se acaparaba grano, se disparaban artificialmente los precios de la cebada o se paralizaban los mercados por miedo a un castigo divino que solo existía en los manuales de adivinación.
Curiosamente, este sistema operaba a menudo como una siniestra profecía autocumplida. Al registrarse en los diarios que un fenómeno celeste presagiaba una desgracia, la corte tomaba medidas desesperadas o desataba purgas internas, provocando precisamente la crisis económica e inestabilidad que el augurio había anunciado. El cielo no hacía más que reflejar —y amplificar de forma absurda— las tensiones que ya devoraban el palacio, transformando la lectura de las estrellas en una herramienta capaz de arruinar el mercado de la cebada a golpe de superstición.
Saturno, Marte y la precisión del cielo
La anotación «Saturno se detuvo en Cáncer» no era un apunte menor dentro de un diario cualquiera. Saturno ocupaba un lugar singular en la astronomía y astrología mesopotámicas, y su comportamiento —especialmente sus puntos de estación— proporcionaba a los escribas una de las herramientas más valiosas para calibrar sus modelos predictivos. Saturno era conocido como «el Constante» (kayamānu en acadio), y se le asignaba el papel de «Sol de la noche» o «representante de la Luna». Este estatus se derivaba de la regularidad de su movimiento aparente y de su luz blanca y estable.
Los astrónomos babilonios habían descubierto que los planetas exteriores se movían de forma variable: a veces avanzaban, a veces se detenían, y a veces retrocedían. Estos puntos de estación —el momento en que un planeta parece detenerse antes de invertir su marcha— eran los fenómenos más fáciles de observar con precisión, precisamente porque el planeta no se movía. Esto contrastaba con las primeras y últimas apariciones, que ocurrían cerca del horizonte y en condiciones de crepúsculo, dificultando las mediciones exactas.
Las investigaciones modernas sobre los registros babilónicos de estaciones planetarias han revelado un detalle fascinante: las observaciones y predicciones de las estaciones de Saturno y Marte muestran una consistencia notable, excepto en un caso. La estación oriental de Saturno —el momento en que el planeta parece detenerse antes de comenzar su movimiento retrógrado— aparece sistemáticamente fechada más tarde en los registros babilónicos que lo que indican los cálculos modernos. Ninguna explicación satisfactoria ha sido ofrecida para esta discrepancia. Este detalle, lejos de restar valor al sistema babilónico, revela su sofisticación: estaban midiendo con una precisión que aún hoy plantea preguntas.
Los babilonios no concebían una estación planetaria como un punto instantáneo, sino como un intervalo. Les interesaba medir el comienzo de ese intervalo, y utilizaban las fechas predichas como guía para saber cuándo empezar a observar. La posición del evento les importaba más que la fecha exacta, y registraban los datos en formatos estandarizados según su ubicación en el zodíaco o su proximidad a estrellas normales. Esta meticulosidad explica por qué las estaciones de Saturno eran tan valiosas: proporcionaban puntos de referencia precisos que podían usarse para verificar y ajustar los modelos matemáticos que, posteriormente, permitirían predecir posiciones planetarias sin necesidad de observación directa.
El lado oscuro de esta precisión era astrológico. Los presagios asociados a Saturno tendían a ser favorables: paz, justicia, estabilidad para el rey y el país. La aparición de Saturno dentro de un halo lunar se interpretaba como un signo positivo, vinculado a la verdad y la justicia en el reino. Sin embargo, esta benevolencia se truncaba drásticamente cuando Marte entraba en escena. La conjunción de Saturno y Marte —o incluso su simple aproximación— era leída como un presagio de hambruna y dificultades para el rey y el gobierno. Los textos asirios conservan reportes astrológicos que documentan estas observaciones con precisión: «Marte alcanzó a Saturno», anotaban los escribas, y los intérpretes reales consultaban los manuales para determinar qué catástrofe se avecinaba.
La lógica detrás de esta interpretación no era arbitraria. Marte era el planeta de la guerra, la destrucción y la enfermedad; Saturno, el de la ley, el orden y la estabilidad. Cuando Marte «alcanzaba» a Saturno, el orden era subvertido por la violencia. Esta lectura del cielo como un drama cósmico donde los planetas actuaban como personajes tenía consecuencias muy reales: como veíamos antes, la interpretación de un presagio podía desencadenar pánicos económicos, acaparamiento de grano o purgas políticas que, irónicamente, producían las crisis que el cielo supuestamente anunciaba.
La tablilla VAT 7851
Aunque no disponían de telescopios, los escribas mesopotámicos veían las manchas del disco lunar y las interpretaban con una imaginación muy distinta a la nuestra. La tablilla VAT 7851, un documento astrológico de la época seléucida procedente de Uruk, nos ha legado una imagen sorprendente. En ella, el escriba dibujó el disco de la Luna y, en su interior, una escena de combate: un hombre armado enfrenta a un animal, quizá un monstruo que recuerda a un león.
La Luna aparece situada entre las Pléyades y el Toro Celeste, exactamente en la posición que los babilonios consideraban su hypsoma o «casa de exaltación». Para ellos, las manchas visibles a simple vista no eran accidentes geológicos, sino el escenario de una batalla divina proyectada sobre el cielo nocturno.
(No hace falta decir que esto contradice los «hologramas lunares» e incluso otras fantasías tecnológicas que Zecharia Sitchin y sus epígonos han proyectado sobre las tablillas mesopotámicas. Aquí no hay alienígenas, solo un escriba del siglo II a.C. dibujando un mito sobre arcilla.)
Epílogo, a modo de opinión personal.
Hasta aquí, los hechos, y ahora voy a permitirme una licencia antes de acabar. Lo que sigue es la lectura que yo hago.
Hoy miramos la pantalla del teléfono para saber la hora, el precio de las cosas o la predicción del clima, convencidos de que habitamos un tiempo superior. Pero aquellas personas de hace milenios ni eran genios ni idiotas; para ser más exactos, eran exactamente igual de genios o de idiotas que cualquier persona en la actualidad. Lo que les permitió avanzar en una dirección que en su día pareció prometedora —lo que podríamos llamar un progreso lineal en oposición al conocimiento profundo, y que hoy, con la perspectiva de los siglos, algunos pueden ver como un error monumental— fue la pura repetición, la obsesión por ordenar lo que era un caos aparente, tablilla tras tablilla. Solo que entonces hacía falta acumular datos; ahora, cuando lo que sobran son datos y falta casi todo lo demás, esa misma acumulación se vuelve aparentemente absurda… o, lo que es peor, malintencionada.
No te dejes engañar por el brillo de las pantallas, los algoritmos, los bailes o las distracciones constantes. Hay demasiados intereses —y no solo los de la clase política— volcados en mantenernos idiotizados, entretenidos con ruido y desconectados del mundo para poder mangonearnos a placer.
Aquellos escribas abrieron un camino a base de constancia y disciplina, un método que hoy utilizan otros para hacerte no solo ignorante, sino también estúpido. Hay personas, líderes de opinión de toda clase y condición, que día tras día actúan de cara al exterior fomentando la estupidez, con la misma constancia con que aquellos hombres salían a mirar el cielo hace tres milenios.
Así que mantén la atención, no tragues con lo que te impongan y, si ves que el cielo está nublado y no hay nada que rascar, anota NU PAP.
Eitán el Mago
Bibliografía
Sachs, A. J. y Hunger, H., Astronomical Diaries and Related Texts from Babylonia, Viena, 1988–1996.
Haubold, J., Steele, J. y Stevens, K. (eds.), Keeping Watch in Babylon, Brill, 2019.
Rochberg, F., The Heavenly Writing: Divination, Horoscopy, and Astronomy in Mesopotamian Culture, Cambridge University Press, 2004.
van der Sluijs, M. A., «Saturn as the "Sun of Night" in Ancient Near Eastern Tradition», Aula Orientalis, 31 (2013), pp. 279–308.
Steele, J. M. y Meszaros, E. L., «A study of Babylonian records of planetary stations», Archive for History of Exact Sciences, 75 (2021), pp. 415–438.
Reiner, E., Astrology in Ancient Mesopotamia: The Science of Omens and the Knowledge of the Heavens, 1994.
Hunger, H., Astrological Reports to Assyrian Kings (State Archives of Assyria, 8), Helsinki, 1992.


Me gusta tu entrada, he vuelto a alguna antigua clase de historia antigua en la Facultad o más bien a uno de esos libros con qué suplicamos la ignorancia y la torpeza del profesorado que apenas sabían nada de aquella vieja cultura. Mesopotámica y del Próximo Oriente.
ResponderEliminarPor cierto, al parecer Blogger tiene desactivada la actualización de entradas y los que lo usamos solo aparecemos con entradas ya atrasadas. No deben tener interés en arreglarlo.