Un caballo feliz
Un caballo feliz
Eitán el MagoEl amanecer sabe a hierba fresca. El hocico de Ulloa roza los tréboles húmedos justo antes de arrancarlos de un bocado, a lo lejos se escucha el ruido de un tractor que pasa por la carretera comarcal. La finca es amplia, pero está encerrada por una verja de pastoreo eléctrico que zumba casi imperceptiblemente cuando el viento sopla del norte. Tiene espacio, tiene dos árboles y un cobertizo de chapa galvanizada donde resguardarse cuando los nubarrones grises descargan con fuerza.
Ulloa no es libre. La alambrada marca los límites de su mundo; lo único que verdaderamente es libre en él es su mirada que atraviesa los hilos de corriente para perderse en las colinas que jamás ha pisado. Para los ojos humanos que lo miran desde la verja, Ulloa es la imagen misma del bienestar.
Apenas era un potro destetado cuando lo separaron de su madre; ya no recuerda su olor. Ninguna yegua mayor le enseñó a leer las señales del horizonte, ningún hermano le enseñó a sacudirse el miedo con un relincho y nunca tuvo un grupo donde buscar el calor en las noches de invierno.
Creció absolutamente solo. El lenguaje de los suyos —el roce de los belfos, el juego de las orejas, el galope sincronizado de la manada que hace temblar la tierra— es un idioma que sus músculos intuyen pero que nunca ha podido aprender. Es cierto que otros caballos viven peor, condenados a pasar las veinticuatro horas del día encerrados en una cuadra sin ver más horizonte que una puerta de barrotes. Pero que existan infiernos mayores no aligera el peso del suyo.
En la finca los días discurren con monotonía. El crujir de la gravilla anuncia que se acerca una visita. A veces es alguien paseando y otras alguno de sus amos que viene a hacer una breve visita de supervisión; cuando tiene suerte le dejan un trozo de pan duro mientras miran desde el camino que el bebedero está a rebosar de agua.
Los domingos son especiales y la gravilla suena más fuerte, se oyen muchas pisadas que se acercan, una familia entera. Abren la verja y entran todos juntos. Le quitan la hierba enredada en la crin, revisan las herraduras y le palmean el cuello con afecto. Normalmente los pequeños se montan en el lomo sin silla, guiándolo con una simple cuerda. La niña que viene siempre es la que más disfruta. Da unas vueltas por el prado, riéndose cada vez que Ulloa cambia de dirección o se detiene a mordisquear la hierba. Él camina manso, obediente, siguiendo las indicaciones que le llegan desde arriba. Cuando la niña se cansa, su madre la ayuda a bajar y le coloca la silla. Después comprueba la cincha, apoya un pie en el estribo y se monta.
La mujer lo saca por la cancela y toma el camino de gravilla que bordea las fincas. Ulloa conoce ese recorrido. A ambos lados se suceden prados separados por alambradas, algún hórreo, casas dispersas y árboles que empiezan a perder las hojas. La mujer le habla de vez en cuando, le acaricia el cuello y le pide que avance cuando se detiene a olfatear una flor. Pasan junto a un grupo de vacas que levantan la cabeza al oírlo. Ulloa vuelve la cabeza hacia ellas y una de las vacas muge; él aminora el paso, pero la mujer le da un pequeño toque con los talones y continúa.
El camino sube después, el suelo es más duro y resuena bajo sus cascos mientras avanza al paso hacia una loma desde la que se ven las colinas del otro lado del valle. Ulloa levanta la cabeza, el viento le trae olores nuevos y durante unos instantes permanece atento con los ollares abiertos. La mujer afloja las riendas y lo deja detenerse. Luego reanudan la marcha. Cuando regresan, el animal tiene la crin revuelta y pequeñas motas de polvo pegadas al pelo de las patas.
La niña corre a recibirlos y le ofrece una zanahoria. La madre le quita la silla, le revisa el lomo y le pasa la mano por el cuello antes de dejarlo de nuevo en el prado. Ulloa baja la cabeza y busca hierba.
Los humanos se marchan, cierran la cancela con un portazo metálico que resuena en el valle y le dejan algunas zanahorias más. Se alejan por el camino de gravilla.
Entonces vuelve el silencio.
Horas enteras en las que el único acontecimiento es el vuelo de un cuervo o el cambio de la luz sobre las colinas que divisa desde su aislamiento.
Ulloa no espera a nadie. No sabe qué significa que alguien regrese para quedarse. No busca yeguas. Lo castraron hace tiempo y su cuerpo ha dejado atrás el impulso que alguna vez pudo haberlo llevado hacia ellas.
Empieza a llover. Se resguarda bajo el cobertizo, sacude las crines y mira hacia los montes lejanos.
A lo lejos, un caballo relincha desde otra finca. Ulloa levanta la cabeza y permanece inmóvil, con las orejas dirigidas hacia el sonido. No se oye nada más.
Sale del cobertizo, baja la cabeza y arranca otro bocado de hierba.
Se oyen pasos en la gravilla. Alguien se detiene junto a la verja y dice:


Muchas gracias, Eitán, por participar con este relato en el homenaje a Emilia Pardo Bazán. Mucha suerte.
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