Garante solidaria

Irene cree haber encontrado el amor, pero una decisión aparentemente inocua cambiará su vida. Firmó sin leer. Al fin y al cabo, ¿quién lee la letra pequeña cuando confía en alguien?

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Garante
solidaria

Toda firma tiene su letra pequeña

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Escritura de préstamo hipotecario

Zebul Capital · Financiera de vivienda
Cláusula 26: «renuncia expresa a cualquier derecho de separación»

⚠ Sin consentimiento adicional ⚠

Entre ellos había una complicidad absoluta, un entendimiento que no requería explicaciones. En las noches el tiempo parecía detenerse entre las sábanas y el sexo se alargaba hasta la madrugada. Se buscaban con una naturalidad que hacía pensar que llevaban mucho más de tres meses juntos y terminaban hablando de cualquier cosa, todavía abrazados, sin prisa por ir a ninguna otra parte.

A esa intimidad se le había sumado la presencia cotidiana. Andrés solía aparecer en su puerta hacia las ocho de la noche, cuando Irene llevaba todo el día frente a la pantalla revisando rutas, estadísticas y correos de su trabajo en una empresa de transportes por carretera. Siempre traía un recipiente de vidrio con comida casera aún caliente.

—Pensé que no habrías cenado —decía al entrar.

Se iba a la cocina, servía la comida en los platos y se sentaba a escuchar los detalles del día de ella con una paciencia que parecía del otro mundo. Recordaba cómo le gustaba el café y se lo preparaba con una sonrisa justo después de cenar. Habían preparado una habitación para que algunos días Andrés pudiera quedarse en casa de Irene mientras teletrabajaba. Le sugería hacer pausas cuando la notaba cansada y se sentaba con ella a charlar hasta que la tensión del trabajo desaparecía. A veces, sin embargo, cuando ella estaba demasiado concentrada, parecía molestarle que no le prestara atención.

Cuando falleció su anciana madrina, Andrés heredó una cantidad de dinero que le permitió plantearse comprar una vivienda. Hasta entonces había vivido de alquiler y le apetecía tener algo propio, así que decidió que era el momento.

—Podríamos comprar juntos —sugirió un día mientras paseaban cogidos de la mano por el parque.

—Andrés, creo que todavía es pronto para dar ese paso.

Él se detuvo, se plantó frente a ella y le rodeó las mejillas con las palmas de las manos.

—Estamos bien como estamos, lo sé. Pero es una oportunidad muy buena, Irene.

—Sigamos como hasta ahora —insistió ella, cubriendo las manos de él con las suyas—. Míralo como una forma de dejar que esto crezca sin forzarlo. Si más adelante queremos vivir juntos, ya encontraremos la manera.

Andrés guardó silencio un segundo. Luego encogió los hombros con una sonrisa.

—Está bien. Pero échame una mano para buscar, ¿vale? Me gustaría pensar que algún día ese sitio también será tuyo.

Irene le rodeó la cintura con los brazos y se pegó a su pecho.

—A mí también, Andrés.

Durante las semanas siguientes ella lo acompañó a visitar inmuebles. Ninguno acababa de convencerlos, hasta que Andrés apareció una noche en su casa. Venía con una sonrisa de satisfacción, el recipiente de vidrio en una mano y una carpeta roja en la otra.

Dejó el táper sobre la mesa y golpeó suavemente la carpeta con los dedos. Sin quitarse siquiera la chaqueta sacó el teléfono del bolsillo y deslizó el dedo por la pantalla antes de ponérselo a Irene a unos centímetros de la cara.

—Mira esto.

Irene pestañeó. La pantalla mostraba un habitáculo oscuro que parecía subterráneo, con unos ventanucos estrechos y alargados en la parte superior.

—Un sótano —dijo ella, frunciendo el ceño.

—Un loft en pleno centro —corrigió él, con esa chispa febril que a veces le aparecía en los ojos—. Con la herencia me da para la entrada y un poco más. Pero para dejarlo como yo quiero necesito una hipoteca.

Pasó la fotografía con un movimiento rápido y mostró una imagen de un loft de lujo generada por inteligencia artificial.

—Con mi sueldo —añadió Andrés, bajando un poco la voz—, los del banco quieren cubrirse el culo, y me piden un aval.

Irene apartó la mirada del teléfono y lo miró a él.

—Andrés, esto ya lo habíamos hablado. Acordamos que no íbamos a comprar juntos.

—Es que no vamos a comprar juntos —replicó él al instante—. La casa la pago yo. Tú solo pones un garabato como garante solidaria. Una formalidad de mierda, Irene. Me va bien en la empresa, lo sabes. No vas a tener ni un solo problema, más allá de invitarme a cenar de vez en cuando si algún mes ando justo de dinero.

Andrés sacó un documento de la carpeta y se lo dio a Irene. Eran dieciocho páginas grapadas, llenas de letras diminutas a doble columna, con el membrete de Zebul Capital.

—¿Qué demonios es Zebul Capital? No me suena este banco.

—Es una financiera de Dubái especializada en vivienda. Me la recomendó un amigo que ya firmó con ellos hace tiempo. Son muy serios.

Irene ojeó las hojas. Intereses, vencimientos, cláusulas de resolución anticipada. Se detuvo un segundo en la página catorce y leyó en voz alta:

—«El garante responderá solidariamente del cumplimiento íntegro de las obligaciones contraídas, sin limitación temporal ni material, conforme a las condiciones particulares del acuerdo hipotecario».

—¿Qué es esto? —preguntó.

—Jerga legal —respondió Andrés mientras destapaba el táper—. Una fórmula que los abogados copian y pegan de un contrato a otro. No tiene la mayor importancia. Solo se aplicaría si yo dejara de pagar.

—¿Y esta cláusula veintiséis? —preguntó ella, señalando otra en la página siguiente—. «Ampliación del principal»… «Adscripción voluntaria»… «Renuncia expresa a cualquier derecho de separación»… ¿Qué significa?

Andrés se acercó, miró el papel por encima de su hombro y se encogió de hombros.

—Que si no pago, tú quedas vinculada. Es una cláusula de garantía, Irene.

—Pero dice «sin consentimiento adicional». ¿Consentimiento para qué?

—Para que el banco pueda actuar sin depender de mí. Es lo normal en estas garantías.

Le dio un beso en la sien y repartió la menestra de verdura en los dos platos.

—Anda, come, que se enfría.

Irene dejó el documento sobre la encimera y se sentaron a cenar.

—No sé, Andrés… Me da mala espina. Deberíamos ir a un abogado.

—No hay tiempo, Irene. El vendedor tiene otra oferta y si el viernes no llevo los papeles firmados, pierdo la señal. —Le cogió las manos—. Te da miedo, pero no hay motivo si confías en que voy a pagar. Te necesito.

Al terminar de comer, Andrés sacó un bolígrafo del bolsillo de la chaqueta y se lo tendió. Le marcó tres lugares con el dedo índice al final de la última página.

Irene firmó en los tres huecos sin volver a leer. Tapó el bolígrafo y lo dejó sobre los papeles.

—Solo espero que entiendas que hago esto porque confío en ti en cuerpo y alma, Andrés.

Él la atrajo hacia sí, la rodeó con los brazos y la besó en la boca con un entusiasmo que llevaba semanas sin mostrar.

📜

Unos días después fueron a ver el sótano.

—Aquí montaré un loft como el de la imagen que te enseñé —Andrés caminaba visiblemente excitado—. Será de estilo industrial, doscientos metros cuadrados con todo lo mejor. Las tuberías de fontanería y calefacción irán al aire, las paredes serán gris metálico. Aquí irá una isla para la cocina, ahí una de las habitaciones y allí el salón, donde pondré una mesa de billar. Siempre quise tener un billar.

Irene lo seguía con la mirada.

—Como esos ventanucos superiores son pequeños, pondré paneles de MicroLED simulando grandes ventanales. Proyectarán las profundidades del océano, con peces pasando lentamente. Dará la sensación de estar sumergido bajo el mundo de los vivos.

—Andrés, no te quiero quitar la ilusión, pero esto ya ha sido carísimo y esa obra que quieres es mucho más dinero.

—No te preocupes, lo tengo todo calculado.

A los pocos días comenzaron las primeras reformas, que absorbían la vida de Andrés casi por completo. La relación iba perdiendo grados de temperatura. Durante el tiempo que pasaban juntos, las conversaciones cambiaron y se centraban sobre todo en presupuestos, diseño de interiores y en lo que todavía le faltaba para terminar la nueva casa. Irene escuchaba y a veces opinaba, aunque cada vez tenía menos espacio para hacerlo.

—Todavía tengo que poner la cocina y el baño de invitados, pero ya no me llega el dinero —dijo un día Andrés mientras visitaban la obra.

—Puedes apañarte con un microondas, una nevera y algún mueble auxiliar. ¿Por qué no esperas un poco y más adelante vemos qué hacemos?

—Prefiero dejar todo listo ahora. No me imagino volver a empezar con obras dentro de unos meses.

Las semanas pasaron. Las noches en que dormían juntos cambiaron de entrega apasionada a un cansancio recurrente y a roces fortuitos que ya no buscaban respuesta. La comunicación se volvió templada, apenas funcional.

Una tarde, Andrés le contó algo que despertó la curiosidad de Irene.

—He obtenido la financiación que me faltaba para poner la cocina, las pantallas LED, el billar y algunas cosillas más —dijo con una sonrisa.

—Pero si ya no te alcanzaba, ¿cómo lo has solucionado? —preguntó Irene con preocupación.

—He hecho un negocio que ha salido muy bien.

—No me habías contado nada de eso. ¿Qué negocio?

—Uno muy bueno.

Andrés le dio un beso y acabaron en la cama sin más explicaciones.

A partir de ese momento la relación se enfrió todavía más. A medida que la obra se acercaba a su fin y coincidiendo con la mudanza de Andrés a la casa nueva, él dejó de visitar a Irene completamente. Dejó incluso de llamarla por teléfono salvo excepciones muy contadas, como si la presencia de ella se hubiera convertido en una obligación más que en una elección.

Irene siguió llamándole frecuentemente. También empezó a ir a verle a su trabajo a la hora de la comida y le llevaba comida casera en un táper de vidrio templado, invirtiendo el papel de los viejos tiempos. La última semana le había parecido que le molestaba que lo visitase en el trabajo, aunque él no lo verbalizase. Todo lo contrario, él decía que ella era muy amable, pero que seguro que tenía cosas mejores que hacer que llevarle la comida.

Eran las nueve de la noche de un viernes y, por fin, tras meditarlo mucho, decidió ir a la nueva casa, que no había podido ver desde hacía demasiado tiempo.

Primero preparó unos macarrones con mucho queso gratinado, como le gustaban a él. Antes de salir llamó por teléfono, pero Andrés no respondió. Aun así, salió decidida a despejar sus dudas de una vez por todas.

Cuando llegó al portal pulsó el timbre una, dos, tres veces, pero sin éxito. Se separó unos pasos y miró la fachada del edificio. Se fijó en que de las pequeñas ventanas del sótano de Andrés, que sobresalían al nivel de la calle, no se veía luz. Sin embargo, se adivinaban unos reflejos anaranjados.

Volvió a su casa con el táper frío.

A la mañana siguiente, muy temprano, sonó su móvil. Era Andrés.

—Lo siento, Irene. Estaba agotado y me he quedado dormido con el teléfono en silencio. Ya sabes que estuve toda la tarde montando el armario grande.

Ella no insistió en pedir más explicaciones, pero dada la situación decició dejar también de llevarle la comida al trabajo.

Aun así, quiso empatizar y le preguntó si necesitaba ayuda con los muebles, o si quería ayuda para decorar o poner cuadros.

—No sé por qué te estás distanciando. Cuenta conmigo para lo que necesites, Andrés.

Él respondió que no, que iría su tía Rita, la decoradora, y que durante el día, con los obreros por allí, Irene solo sería una molestia. Le pidió que no se preocupase, que estaba un poco agobiado entre el trabajo y la obra, pero que ya no quedaba tanto.

—Cuando todo esté listo, haremos una fiesta de inauguración —afirmó Andrés, convencido.

🌊

Llegó el verano. Un sábado por la mañana, Irene le pidió que fuesen a la playa. Andrés accedió de mala gana a ir a una que estaba a dos horas de la ciudad, pero antes pasaron a visitar el loft. Entre las paredes grises, las pantallas gigantes de alta definición proyectaban un océano perfecto, donde cientos de peces de colores nadaban.

—¡Está quedando increíble!

—Supongo que sí —respondió él con desgana.

La llevó a la playa en su coche. Tomaron el sol y estuvieron charlando, pero Andrés no quería bañarse. Decía que no tenía tanto calor, que tampoco le apetecía. Irene miró a su alrededor y el mar estaba a rebosar de bañistas, miró el móvil e indicaba treinta y un grados. Finalmente se fue al agua sola.

Cuando Irene salió mojada del mar, sacudió la melena y una salpicadura de agua cayó sobre el hombro de Andrés. Empezó a salir un hilo de humo blanco.

Andrés, que estaba de pie, se agachó, agarró una toalla y se limpió con lentitud. Durante unos segundos la miró en silencio, con unos ojos tan distantes que no parecían humanos. Después volvió la vista al horizonte.

—Acaba de salir humo de tu hombro —atinó a decir Irene, estupefacta.

—Vámonos a casa —respondió Andrés sin mostrar ningún tipo de emoción en el rostro.

—Pero no te pongas así, solo fue una salpicadura —dijo Irene mientras recogían las toallas de la arena.

Durante el trayecto no hablaron. Andrés conducía con el semblante helado. Cuando frenó frente a la puerta de Irene, se limitó a señalar la manilla de la portezuela con la barbilla. Ni una palabra más.

Al día siguiente, Irene lo llamó por teléfono.

—Disculpa, no sé qué pasó ayer, pero mi intención no era molestarte. ¿Quieres que te ayude en algo? ¿Sacar cosas de las cajas o montar algún mueble?

—No es culpa tuya, es el estrés que tengo. No estoy de buen humor. Es mejor que esto lo organice yo solo, a mi ritmo. Además, tú estás con mucho trabajo y te vendrá bien centrarte en tus cosas —respondió él con frialdad—. En una semana haré la fiesta de inauguración. Ya te avisaré.

Las semanas pasaron y la invitación a la fiesta de inauguración nunca llegó. El portal del nuevo edificio se convirtió en un límite infranqueable. Andrés dejó de responder a las llamadas telefónicas y los mensajes quedaban a menudo varios días en visto.

🔥

Hasta que una tarde, llenó una bolsa de deporte con la ropa que él se había dejado en el piso y se plantó en el portal de Andrés.

Llamó al timbre y nadie abrió. Sacó el teléfono del bolso, pero no llegó a marcar porque la casualidad quiso que, en ese momento, una vecina abriera el portal cargada con una bolsa de la compra. Irene se coló tras ella y bajó directa al piso menos uno.

Se detuvo delante de la puerta. Por la rendija se veía un resplandor anaranjado. Llamó con los nudillos, pero nadie abrió. Volvió a sacar el móvil del bolso, marcó el número y telefoneó. Andrés no respondió, como ya era habitual.

Entonces se fijó en que la puerta no estaba bien cerrada.

Empujó con fuerza y esta cedió haciendo caer a Irene hacia dentro por la inercia, pero no llegó a tocar el suelo, sino que se quedó flotando suspendida en el aire durante un segundo.

Dentro todo tenía un tono anaranjado y el ambiente estaba impregnado con un olor extraño. Miró hacia abajo y en el suelo se abrió un agujero negro. No tuvo tiempo de reaccionar. Cayó hasta desplomarse pesadamente en un suelo cubierto por un polvo que se deshacía entre sus dedos. No se hizo daño. Se puso en pie y, aunque apenas distinguía lo que tenía alrededor, comprendió que aquella sustancia eran cenizas. En aquel lugar oscuro se extendían cientos de hogueras hasta donde alcanzaba la vista.

Caminó hacia una de ellas.

Al aproximarse lo suficiente se detuvo y se tapó la boca con la mano, reprimiendo un grito. Lo que ardía dentro, lo que mantenía la llama viva, era el cuerpo de un hombre, pero no estaba muerto, o no del todo. Su sufrimiento se antojaba evidente al verlo retorcerse mientras su piel y sus músculos se deshacían dejando aquel olor nauseabundo, aunque el desgraciado no emitía quejido alguno. Irene se quedó mirándolo hipnóticamente y vio cómo el fuego se detenía y el cuerpo se volvía a regenerar para volver a arder con más fuerza.

Cuando pudo recuperar la compostura siguió caminando. En la siguiente hoguera ardía una mujer que tenía las manos cruzadas sobre el pecho, como una momia egipcia, mientras su carne se consumía. Los ojos de la mujer explotaron con un chasquido húmedo y restos de sangre salpicaron la blusa de Irene. La mujer dibujó una mueca desgarradora, pero sin emitir sonido alguno. Siguió ardiendo y, mientras se retorcía, la sangre le salía de las cuencas a borbotones. Irene se tapó los oídos con las manos para no escuchar el crepitar de la carne y se alejó.

A su alrededor, las hogueras apenas desgarraban la oscuridad con un resplandor anaranjado y sucio, como de brasas que nunca se apagaban.

Irene se detuvo frente a una pira donde una figura muy deteriorada se consumía. El despojo que quedaba se retorcía, sin gritar. Lo que habían sido sus ojos y su boca eran ahora huecos. No tenía pelo, ni orejas, ni lengua; la mayoría de su cuerpo era un tizne negro y rojo.

Irene gritó. Era Andrés.

Entonces la luz cambió.

Frente a ella se materializó un ser que contrastaba brutalmente con la oscura escena. Aquel ángel tenía una simetría perfecta, un aura de luz le rodeaba. Tres pares de alas salían de su espalda —unas de fuego pálido, otras de un brillo metálico y otras con un plumaje dorado— que se desplegaban y plegaban con un ritmo hipnótico.

La luz que emanaba de él era blanca y dorada. Su rostro, demasiado hermoso, demasiado exacto. Sus ojos la miraron e Irene dio un paso atrás. El corazón le latía con fuerza.

—Hola, Irene —dijo con una voz clara y musical que resonaba dentro de su cabeza—. Esperaba tu visita.

Ella tragó saliva.

—¿Quién eres tú? ¿Cómo sabes mi nombre? —respondió con apenas un hilo de voz.

La criatura vestida como un elegante ejecutivo inclinó ligeramente la cabeza mientras se colocaba la corbata. Las alas se movieron una sola vez más y pararon. El aire a su alrededor levantó ceniza del suelo, haciéndola estornudar.

—Los humanos deformáis las lenguas hasta que todo pierde el sentido. Antes me llamaban Baal Zebul. Después, Baal Zebub. Ahora me llamáis Belcebú.

Irene miró a Andrés, que seguía ardiendo.

—¿Qué le estás haciendo a esta gente? ¿Qué le has hecho a él?

—Nada que no hayan aceptado —respondió con una calma casi amable—. Lo que deberías preguntarte es qué estás haciendo tú aquí.

—¿Qué… qué hago yo aquí? —tartamudeó.

La luz que rodeaba al ángel se volvió un poco más intensa. El corazón de Irene se aceleró y su respiración se hizo audible. Belcebú la observó durante un segundo.

—Deberías saberlo.

La distancia entre ellos se redujo, pero él no había dado ni un solo paso. Irene quiso retroceder y no pudo. El aire se volvió anaranjado y la figura del ángel se volvió borrosa.

Irene se desvaneció.

🍷

Se despertó en su casa. Abrió las cortinas, la luz llenó la habitación y el reloj de la mesilla marcaba las 11:00 a. m.

Llamó a Andrés y él respondió al teléfono.

—Andrés, ¿estás bien?

—Claro, ¿por qué no iba a estarlo?

—Ayer fui a tu casa y, al ver que nadie abría, empujé la puerta y pude entrar. Vi algo muy raro. Me vas a tomar por loca, pero me acuerdo perfectamente. Es que… estabas ardiendo dentro de una hoguera y…

—¿Estás tomando algo? —preguntó Andrés con frialdad—. Eso parece el efecto secundario de algún tranquilizante demasiado fuerte. Ayer estuve en casa toda la noche y no vino nadie.

Irene colgó sin despedirse. Miró los registros del móvil y allí seguía la llamada de la noche anterior, sin responder.

Caminó hasta casa de Andrés. Llamó al timbre y enseguida se escuchó por el telefonillo:

—Pasa.

Irene bajó hasta el loft. La puerta ya estaba abierta y entró.

Andrés estaba allí de pie. Tenía pelo, orejas, lengua, todo normal. La miraba con extrañeza, mientras por detrás un tiburón cruzaba las pantallas.

—¿Qué te pasa, Irene? —preguntó inclinando un poco la cabeza.

—Creo que ya sé cómo has pagado esta casa. ¿Has ampliado la hipoteca?

Andrés no respondió de inmediato. Se dio la vuelta y entró en la cocina, seguido de Irene. Abrió la nevera y sacó una botella de cristal ahumado. En el vidrio, grabado, estaba el logo de Zebul Capital.

Se sirvió un vaso de un líquido rojo oscuro que dejó un cerco espeso en el cristal y bebió con calma, como si la conversación no fuera con él.

—No exactamente —respondió por fin, sin mirarla—. Digamos que renegocié la deuda. Había que aumentar los pagos y, bueno, tú habías firmado como garante solidaria.

Irene no apartó la mirada de la botella.

—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?

Andrés dejó el vaso sobre la encimera.

—En algún lugar de esas dieciocho páginas aceptaste la «adscripción voluntaria al cumplimiento de la obligación». En lenguaje de Zebul Capital, eso significa que si mi pago no llega, tú añades el tuyo. No habla de dinero, Irene.

El suelo se abrió bajo sus pies.

PD

Cláusula 26. Ampliación del principal y garantía personal.

En caso de ampliación del principal, el garante solidario pasará a responder como garante principal, sin beneficio de excusión, extinción ni división, desde la fecha de la ampliación, tal y como se indica en la escritura de préstamo hipotecario. El garante solidario acepta su adscripción voluntaria al cumplimiento de la obligación, con renuncia expresa a cualquier derecho de separación, revocación o resolución mientras la obligación garantizada no se halle íntegramente satisfecha. Dicha adscripción no requerirá consentimiento adicional del garante para cada requerimiento del acreedor, se entenderá prorrogada tácitamente por periodos sucesivos y no podrá verse afectada por excepción alguna derivada de la relación entre las partes.

Zebul Capital no se hace responsable de las firmas sin leer. 🔥

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