Enciende otro fuego
Soy bisnieto de aquel famoso ballestero que, según cuenta la historia, atravesó una manzana sobre la cabeza de su hijo y desafió al gobernador con una sola flecha reservada para él.
Pero yo no heredé ni su puntería ni su valor legendario.
Solo conservo una ballesta vieja y el peso de un apellido demasiado grande.
Mi nombre no importa.
Os contaré una vieja historia, una historia que sí importa.
Hace ya más de veinte inviernos, cuando aún era un joven intrépido, perdí a mi mejor amigo.
No murió en una batalla gloriosa, sino en una emboscada de bandidos en las montañas del norte: una flecha traicionera y un grito que se apagó en la nieve.
Volví al valle sin nada de valor y con el alma rota.
Durante semanas vagué sin rumbo por bosques y pantanos, la ballesta al hombro y el corazón en silencio.
Sin él, ya no sabía quién era .
Una tarde cabalgué hasta el claro en el alto de los Tell, aquel lugar donde
mi bisabuelo juró proteger a su familia y donde nosotros, dos niños con todo
por descubrir, juramos lo mismo muchos años después. Habíamos prometido
volver a ese lugar con hijos propios, para enseñarles dónde esconderse del
mundo.
La noche cayó negra, sin luna. Me senté en un tronco cubierto de
musgo, encendí una hoguera pequeña y me quedé mirando las llamas como si
pudieran devolverme el rumbo perdido.
No sé cuánto tiempo estuve allí, inmóvil, cuando una voz serena y profunda
rompió el silencio:
—El fuego atrae más que el calor, joven. Atrae historias… y a los que las
custodian.
Levanté la ballesta por instinto. De las sombras surgió un anciano. Vestía una túnica negra sencilla, capa oscura y un bastón de madera noble. Su rostro era afilado, surcado por arrugas de pensamiento y trabajo. Pero sus ojos… abiertos, de un azul pálido como hielo antiguo, fijos en las llamas… pero sin verlas.
—¿Quién sois? —pregunté, todavía con el arma alzada.
—Un viajero al que el frío ya no perdona el dolor de huesos. ¿Compartirías
tu fuego?
Bajé la ballesta. Había en su voz una calma que desarmaba cualquier amenaza.
Se sentó con un suspiro, extendiendo unas manos largas, manchadas de yeso
seco, hacia las llamas.
—Gracias. Aunque apenas pueda ver su danza, el crepitar de las llamas me
dice que es roble joven, de ladera sur.
La ballesta se me resbaló un poco ante tanta precisión. Decidí dejarla
apoyada al tronco.
—¿Sois adivino?
Una sonrisa fugaz.
—Soy un hombre que ha perdido casi toda la vista. En otro tiempo intenté ser
pintor… y después escultor.
Mientras el fuego crepitaba, habló de luz y sombra. De cómo quiso capturar la esencia del mundo: el suspiro dorado del ocaso, los rostros amados, el vuelo de un pájaro. Y de la ira sorda cuando la oscuridad se lo llevó todo: los pigmentos, los trazos, la certeza de su propia mano.
—¿Y cómo seguisteis adelante? —pregunté. Mi dolor me pareció insignificante
al lado del suyo.
—Rabié. Lloré hasta vaciarme. Y luego escuché. —Volvió su rostro casi ciego
hacia mí—. Escuché el mundo que quedaba: el crujir de las hojas bajo mis
pies, el peso diferente de cada piedra, las risas de los niños. Cuando la
pintura me fue negada, cambié de herramienta. Toqué. Esculpí. Concebí en la
mente lo que mis manos debían recordar.
Encendió una pipa. El aroma a tabaco llenó el aire helado.
—La impotencia es un veneno lento. Pero la aceptación de los limites no es
rendirse. Es aprender a ver con otras partes del cuerpo. Mi última gran
obra, un Moisés de mármol, la esculpí así: a tientas, guiado solo por la
memoria y el tacto. La vi completa aquí —se tocó la sien—, mucho antes de
que el cincel la terminara.
Levanté una ceja; un relámpago de reconocimiento me atravesó.
—Vos sois… Miguel Ángel Buonarroti. El que talló el David, la Piedad… he
leído a Vasari.
Soltó una risa seca, áspera.
—Vasari… buen muchacho, demasiado entusiasmo a veces. Cuenta historias
bonitas. Pero la única historia que importa es la que uno se cuenta a sí
mismo. La mía no solo se verá; se tocará; se sentirá.
Guardó silencio largo rato. Luego se levantó con ayuda del bastón.
—El que no sueña nunca progresa. Pero el que no toca, no escucha, no siente…
ese ya está muerto. Tu fuego se apaga, hijo de los Tell. Enciende uno nuevo.
Con una seguridad imposible se internó entre los árboles. La negrura lo engulló sin esfuerzo. Para él no era oscuridad nueva; era su hogar desde hacía años.
Me quedé solo. La ballesta a mi lado, inútil. El primer rayo de sol atravesó las copas e iluminó el hueco donde había estado sentado el escultor.
Nunca más volví al claro. Aún podía ver las montañas, los lagos y los rostros de los míos. Me levanté y cabalgué de nuevo. Años después, visité Roma, toqué el rostro furioso y sereno del Moisés. La piedra aún vibraba. Contenía toda la fuerza de la luz que su creador ya no veía con los ojos.

¡Hola! Muchas gracias por participar en el Concurso de Relatos 50 ed. en El Tintero de Oro. ¡Suerte!
ResponderEliminar¡Gracias!
EliminarPrecioso, Eitan. Un relato muy evocador que enlaza muy bien con el homenaje a Vasari. Me ha gustado mucho el tono y el fondo que late en la historia, esa idea de valorar todo lo que queda todavía cuando alguna facultad se pierde y continuar adelante. Estupendo todo.
ResponderEliminarMuchas gracias, Marta. Tu lectura atenta y tus palabras son un verdadero estímulo para mí. Un abrazo.
EliminarMuy bien contado, Eitán. Bien elegido el personaje histórico inmortal. Además, has escrito frases que son una maravilla. Un placer leerte.
ResponderEliminarMuchas gracias. Me pongo colorado. Un abrazo.
EliminarHola Eitan, que relato más hermoso y redondo. Que nos muestra aprendizajes, también en el libro que acompaña a este concurso. Y ante en todo que no hay que dejar de soñar. Suerte en el concurso un abrazo.
ResponderEliminar¡Muchísimas gracias! Se me ocurrió añadir el diálogo de Vasari... y no sé, me gustó cómo quedaba. Un abrazo para ti de vuelta.
EliminarHola Eitán. Como han comentado los compañeros, un relato hermoso, cargado de filosofía de vida, la que los años y la experiencia le otorgan al anciano Miguel Ángel. El descendiente de los Tell hace las veces de alumno que ha perdido el sentido de la vida, y el viejo Miguel Angel lo alecciona haciéndole ver que la aceptación de lo inevitable forma parte también del vivir. Muy bien conseguidos los diálogos, que sostienen toda la trama, con frases bien construidas que llegan hondo. Me ha gustado como manejas la ballesta como símbolo de que el joven baja la defensa según el lenguaje pausado y certero del maestro lo va envolviendo. El final melancólico, demostrando que aunque alguien se haya ido, su obra perdura por los siglos. Un abrazo.
ResponderEliminarMuchas gracias por tu comentario. Tus palabras sobre los diálogos y la ballesta me llegan mucho. Estoy intentando fijarme más en ese tipo de cosas. Un abrazo fuerte.
EliminarUnamezcla curiosa de personajes, concretamente la historia de M Ángel serviría para muchas penurias. Me ha encantado el modo en que no solo has metodo un personaje histórico, sino también artista, y al propio Vasari.
ResponderEliminarYa lo dice el refran: adaptar-se, o ir al claro a esperar a M Ángel.😝
Abrazooo y suerte
¡Gabiliante me parto contigo!. Muchas gracias. Abrazoo.
EliminarHola Eitán
ResponderEliminarMe encanta la frase "...la aceptación de los límites no es rendirse. Es aprender a ver con otras partes del cuerpo." No sé si en algún momento fue pronunciada por Miguel Ángel. Pero si no la dijo, merecía haberlo hecho porque fue un genio absoluto. Por algo le llamaban "El Divino". Quien nunca ha estado frente a una de sus obras, no conoce lo que es una escultura. Y me alegro mucho que lo hayas traído al reto.
Un abrazo fuerte, Marlen
Muchas gracias, Marlen. Ni idea de que Miguel Ángel dijera eso, es una licencia literaria mía, pero me halaga que te haya parecido tan suya. Es verdad, sus esculturas son impresionantes, merece la pena verlas y si se pudiera tocarlas... Un abrazo fuerte.
EliminarHola, Eitán. Te puedo decir sin temor a equivocarme que has sido fiel a tu apodo/apellido, pues te has sacado de la chistera un relato mágico, excelente, en el que mezclas la historia de dos personajes dispares, junto a unas reflexiones filosóficas que según avanza el texto dejan de sorprendernos por esperadas. ¡Me ha encantado, compañero!
ResponderEliminarTe deseo mucha suerte en el Tintero.
Un fuerte abrazo.
¡Hola! Muchísimas gracias por tus palabras tan generosas, me has sacado los colores compañero. Un abrazote.
EliminarHola Eitan, me ha encantado la historia. La narración y, principalmente, el ritmo del relato me ha mantenido pegado a cada palabra. El argumento me ha parecido muy acertado. El espíritu reflexivo de Miguel Angel le da mucha profundidad a su personaje, que me resulta inmejorable con un escultor de su talla ¡Enhorabuena y mucha suerte!
ResponderEliminarMuchas gracias por tu comentario, Ulises, me hace mucha ilusión que hayas disfrutado del relato. Comentarios como el tuyo animan a seguir escribiendo. ¡Un abrazo grande!
EliminarUna historia que al leerla en voz alta, transmite calma, además de hacerte sentir que estás ahí sin ser visto y amparado por la oscuridad del bosque, viendo y escuchando la conversación entre estos dos personajes. Muy bonita.
ResponderEliminar¡Gracias por tu comentario! Me alegra mucho que hayas captado esa calma y esa sensación de estar ahí, casi invisible en el bosque. Se hace lo que se puede. ¡Un abrazo!
EliminarHola Eitan!
ResponderEliminarMe ha gustado mucho tu relato, sobre todo su emotivo e inesperado final! Has hecho que confluyan dos grandes personajes además de incluir a Vasari en la historia! Un abrazote y mucha suerte en el concurso!
Millones de gracias por tus palabras, me hace súper feliz que te haya gustado el relato. ¡Un abrazote para ti también!
EliminarA falta de un personaje nos diste 2 y tecnicamente tres: Vasari tambien es personaje historico, mas Tell y Miguel angel.
ResponderEliminarun reto con su propia capa de realidad, invocandose aqui mismo y ambos dejando alguna que otra moraleja interesante.
¡Muchas gracias por tu comentario tan atento! Más que moralejas, buscaba hacer pensar desde la perspectiva de quien tiene que reinventarse.
EliminarHola, Eitán el Mago. Muy bien hilado este encuentro entre la leyenda de los Tell y la presencia histórica de Miguel Ángel. Diálogos muy cuidados, fluidos y con muchas enseñanzas. Felicidades.
ResponderEliminar¡Gracias, Bruno! La verdad es que es un relato muy en la línea del clásico maestro-alumno, con ese diálogo que va desgranando enseñanzas. Un abrazo.
EliminarHola Eitan, nos dejas un relato fantástico, con diálogos con mucha fuerza entre Miguel Ángel ya anciano y el Joven Tell .
ResponderEliminarTe felicito.
Un abrazo
Puri
¡Hola Puri! Un millón de gracias por tus palabras tan bonitas. Un abrazo.
EliminarHola, Eitán. Un relato precioso, que mezclas a varias personalidades y una poderosa lección. Por suerte, Miguel Ángel pudo hacerle abrir los ojos, ya que los suyos, aunque deteriorados aún veían mejor que los de una persona normal.
ResponderEliminarMe ha encantado.
Un abrazo!
Al final, la mirada de Miguel Ángel, aunque cansada, veía más lejos que la de muchos. Muchas gracias. ¡Un abrazo grande para ti también, Pepe!
Eliminarme ha encantado un gran relato profundo y conmovedor, mis felicitaciones
ResponderEliminarMuchas gracias. Un abrazo.
EliminarHola... Hermoso relato que alimenta y da energías en momentos en que la confianza falla.. gracias por compartirlo.. Excelente!
ResponderEliminarHola, Octavio. Muchas gracias.
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