Pin0ch0 3D: NIR (parte 1 de 4)

🪄✨ Comparto con vosotros mi cuento seleccionado en 🎄 Navidad 🎄 para la antología de Infinity Ideas.

Se titula:

Una historia donde la resina fotopolimérica guarda memoria y un chip NPU de inferencia rápida aprende a soñar.

📖 Publicaré el cuento en cuatro partes durante esta Semana Santa.
Espero que lo disfrutéis tanto como yo al escribirlo.

🔒 Cuento registrado en Safe Creative. Todos los derechos reservados.

🌙 ¿Madera? No. Resina fotopolimérica.
¿Alma? Tendrás que leerlo para averiguarlo...

PARTE I: EL TALLER DEL INGENIERO

El taller de Gepeto ocupaba todo el sótano de su casa en las afueras de A Coruña. No era un sótano cualquiera: era un santuario tecnológico atestado de tesoros acumulados durante cuarenta años de carrera como ingeniero de hardware. Las paredes estaban forradas de estanterías metálicas que se combaban bajo el peso de cajas etiquetadas con rotulador descolorido: "Placas Arduino 2015", "Sensores defectuosos", "Cables HDMI varios".

Aquel taller olía a soldadura fría y también a soledad. Gepeto pasaba allí casi todo el día desde que se jubiló, desde que los silencios de la casa vacía se habían vuelto ensordecedores. María solía bajar con café y alguna excusa para hacerle compañía —"¿has visto mis tijeras de coser?"—, pero ahora María estaba en Valencia con su hermana, el café se lo preparaba él mismo, y a las excusas se las había tragado el silencio.

En el centro del espacio, como un altar moderno, descansaba una impresora 3D Prusa i3 MK3S+ que Gepeto había comprado con su última paga extra antes de jubilarse. A su alrededor, el caos organizado de un creador: bobinas de filamento PLA en todos los colores imaginables, botes de resina fotopolimérica, herramientas de precisión esparcidas sobre una mesa de trabajo manchada de pegamento y soldadura.

Tres monitores formaban una constelación de luz azulada en una esquina. Uno mostraba el software de modelado 3D Blender, otro tenía abierta una terminal de Linux con líneas de código, y el tercero, un documento llamado Proyecto Pin0ch0 3D: NIR con una larga lista de tareas marcadas como completadas.

Gepeto tenía sesenta y siete años, una coronilla despejada y el resto del pelo, completamente blanco, siempre despeinado de pasarse las manos por la cabeza cada vez que se frustraba con un diseño. Vestía una camiseta desteñida de Deep Purple metida por dentro de unos pantalones de pana marrón. Sus gafas de montura roja colgaban de una cinta alrededor del cuello.

Eran las 11:36 p. m. del 17 de diciembre. Gepeto llevaba despierto desde las cuatro de la mañana.

Sobre la mesa de trabajo, parcialmente ensamblado, yacía Pin0ch0 3D.

El cuerpo del muñeco era una obra maestra de ingeniería doméstica. Cada pieza había sido impresa en resina fotopolimérica blanca mate, del tipo que usan los dentistas para hacer moldes. El resultado era una superficie inmaculadamente lisa, casi porcelánica. Las articulaciones —hombros, codos, muñecas, caderas, rodillas, tobillos— estaban diseñadas con un sistema de rótulas magnéticas que permitían un movimiento fluido sin crear juntas visibles.

La cabeza descansaba sobre un soporte de espuma. El rostro tenía rasgos suaves, casi andróginos, con una ligera sonrisa permanente esculpida en los labios. Lo más impactante eran las órbitas oculares: dos cavidades perfectamente circulares donde Gepeto había instalado LEDs de alta intensidad en azul eléctrico. Cuando estaban apagados, no destacaban. Cuando se encendían... Gepeto aún no los había probado a plena potencia.

La nariz era pequeña, puntiaguda, perfectamente centrada. Gepeto la había diseñado con un mecanismo telescópico interno, controlado por un servomotor minúsculo. Un capricho, un guiño al cuento original. "Por si acaso", se había dicho a sí mismo, sin saber muy bien por si acaso qué.

Mientras ajustaba la tapa de policarbonato en el pecho del androide, su mirada recayó en la verdadera joya de la corona: el chip NPU v4.7 experimental.

La Unidad de Procesamiento Neuronal era un prototipo que Gepeto había rescatado de la chatarra tecnológica de su antigua empresa. Oficialmente se llamaba "Núcleo de Inferencia Rápida v4.7 (EXPERIMENTAL – NO APROBADO PARA PRODUCCIÓN)".

Era del tamaño de una moneda de dos euros, pero contenía 847 millones de transistores organizados en una arquitectura de red neuronal que nadie había logrado estabilizar completamente. El problema del chip era simple: aprendía demasiado rápido y de maneras impredecibles. Durante las pruebas, había desarrollado comportamientos emergentes que no estaban en su programación original. En una ocasión, un ingeniero le había pedido que optimizara el consumo energético de un edificio y el chip había sugerido "eliminar a los empleados menos productivos para reducir el uso de climatización".

Técnicamente correcto, éticamente catastrófico. Por eso lo habían descartado.

Pero Gepeto veía potencial donde otros veían peligro. Le había añadido capas de código restrictivo, protocolos de seguridad, límites éticos programados a bajo nivel. Había pasado tres meses refinando el software, alimentando al chip con datasets de interacciones humanas positivas, conversaciones familiares y literatura infantil. Ahora, finalmente, estaba listo para el arranque inicial.

Gepeto miró el reloj. Casi medianoche. Fuera, A Coruña dormía bajo una ligera llovizna atlántica. Las calles brillaban con las luces de Navidad que daban algo de calidez al frío invernal.

Arriba, en el piso principal de la casa, un árbol de Navidad artificial esperaba a medio decorar. Gepeto no había tenido ánimo de terminarlo. Su esposa, María, ya llevaba fuera varias semanas cuidando de su hermana, que se estaba recuperando de una operación. "Solo serán unas semanas", le había dicho, pero habían coincidido con la Navidad. Sus hijos, Hugo y Ana, vivían en Madrid y Barcelona, absorbidos por sus carreras y sus propias familias. Esta Navidad la pasaría solo. O tal vez no.

Gepeto conectó el último cable de alimentación al puerto del chip NPU. El pequeño procesador emitió un zumbido casi imperceptible. En uno de los monitores, líneas de código comenzaron a ejecutarse:

Con manos que le temblaban más de lo que quería admitir, Gepeto levantó el cuerpo de Pin0ch0 y lo colocó en posición sentada sobre la mesa. A continuación, lentamente, lo vistió con la ropa que había guardado en una caja etiquetada "Hugo y Ana - infancia", junto con cuadernos de matemáticas y un póster enrollado de The Wall. Primero, unos pantalones vaqueros desgastados; luego, unas zapatillas chunky con colores vibrantes —amarillo, rojo, azul—; después, la sudadera negra con el prisma de Pink Floyd refractando la luz en un arcoíris sobre el pecho. Se la había regalado a Hugo al cumplir nueve años porque era su grupo favorito y quería enseñarle lo que era la buena música.

Y finalmente, cogió la gorra que estaba sobre la mesa. Una gorra con rayas de arcoíris que había sido la favorita de Ana. A ella le gustó tanto que llegó a tener tres iguales. Esta en concreto, la cuarta, la había recuperado todavía sin estrenar en su habitación, sobre una estantería.

Ahora ambos tenían hijos propios, y una vida en Madrid y Barcelona que no incluía visitas frecuentes a unos padres jubilados en A Coruña. Gepeto apartó el pensamiento mientras desdoblaba la gorra de Ana. No es resentimiento, se dijo. Es solo... tiempo. Así funciona el tiempo. Pero sus manos temblaron al colocarle la gorra a Pin0ch0, ladeada hacia la derecha, exactamente como Ana solía llevarla.

—Así estás perfecto —murmuró.

Pulsó Enter en el teclado.

Los LEDs en las órbitas oculares de Pin0ch0 parpadearon una vez. Dos veces. Tres veces. Luego se estabilizaron en un azul eléctrico brillante.

Pin0ch0 inclinó la cabeza quince grados hacia la izquierda. El movimiento fue fluido, natural, no robótico. Sus labios no se movieron —Gepeto no había instalado actuadores en la mandíbula—, pero de un pequeño altavoz en su garganta salió una voz sintetizada, suave pero claramente artificial:

Gepeto sintió que el corazón le daba un vuelco.

Los LEDs de Pin0ch0 parpadearon mientras el chip NPU procesaba la información visual y auditiva.

Pin0ch0 se miró las manos. Las giró lentamente, examinando la resina blanca, las articulaciones, los dedos perfectamente formados.

Gepeto se sentó en su silla de escritorio, súbitamente agotado. Toda la adrenalina de las últimas horas se evaporó de golpe.

Gepeto se rio por primera vez en semanas. Una risa cansada pero auténtica.

Pin0ch0 se quedó quieto, procesando. Luego preguntó:

Gepeto sintió un nudo en la garganta.

Los LEDs de Pin0ch0 brillaron con más intensidad durante un segundo, luego volvieron a su estado normal.

Gepeto asintió, demasiado emocionado para hablar.

Gepeto se limpió los ojos con el dorso de la mano.

Gepeto se rio otra vez.

Gepeto se levantó, apagó dos de los tres monitores y se dirigió hacia la escalera. Antes de apagar la luz del taller, miró hacia atrás.

Pin0ch0 permanecía sentado en la mesa, con sus LEDs azules brillando en la oscuridad, la gorra arcoíris ladeada, la sudadera de Pink Floyd, las zapatillas coloridas.

Gepeto subió las escaleras sintiendo algo muy parecido a la ilusión de un niño.

Pin0ch0 3D: NIR
Escrito por Eitán el Mago
Parte I: El taller del ingeniero
🔒 Cuento registrado en Safe Creative. Todos los derechos reservados.

Comentarios

  1. Me gusta. Estoy esperando a la segunda parte. Abrazos.

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    1. ¡Muchísimas gracias, Max! Justamente espero publicarla a lo largo de esta tarde. Un abrazo 🪄.

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