Homoioi (Los iguales de Esparta)

Homoioi

Me entrenaron para no temblar. Si pulsas en la imagen puedes leer la historia con efecto libro


Me entrenaron para no temblar; esta es mi virtud.



Cuando veo que otros hombres tiemblan se me revuelve el estómago.

Dicen que cuando nací, los ancianos de la aldea me examinaron. Me levantaron y me palparon como a una res en el mercado. Buscaban algún defecto. Alguna imperfección. Alguna señal de que no era un hijo digno de Esparta .

No la encontraron, y por eso hoy puedes leer esta historia.

No fui arrojado al Taigeto, a la sima de los Apótetas, donde terminan los bebés enclenques.

De ellos no se habla. No existen. No han existido nunca. Permanecerán para siempre llorando en la memoria de sus madres.

Si alguna vez me ves nunca me preguntes si descartamos niños. Eso te delataría. En la forja de guerreros, en la agogé, aprendemos a no hacer preguntas.

El primer recuerdo que tengo, que nunca olvidaré, que aún puedo sentir en el pecho, que puedo acariciar con mis manos, que aún puedo oler, es el cordero.

Tenia siete años cuando me arrancaron de los brazos de mi madre. Entonces me dieron al animal. No se cuánto tiempo estuvo conmigo. Varios meses. El tiempo suficiente para que se hiciese mi compañero. El tiempo suficiente para que olvidara que era una herramienta de entrenamiento.

Le hablaba mientras le daba de comer. Dormía abrazado a él echando de menos mi hogar. Le susurraba mis secretos. Fue mi amigo y también mi punto débil.

Para eso servía. Para que el día que me ordenaran matarlo, me doliese como si me matase a mi mismo.

Ese día llegó, llovía. No recuerdo quien dio la orden. Recuerdo sus ojos. Recuerdo mi mano alrededor de su cuello sujetando con firmeza. Recuerdo el último estertor, el temblor de sus patas, la sangre caliente empapándome los dedos. La sangre resbalando, se mezcla con orina y lluvia, y a mis pies se forma un charco rosado.

No lloré. Si lloro, me matan. No temblé. Si tiemblo, me matan. No dudé. Si dudo, me matan.

Algo se rompió dentro de mí. Algo que nunca supe nombrar.

Desde ese momento dejé de ser niño.

Después tuve un compañero. Un hermano. En la agogé un hermano no lo da el vientre de una madre, lo da el rebaño que compartes. Dormíamos espalda contra espalda para no morir de frío con la única túnica que nos daban al año. También compartíamos el hambre, ese agujero en el estómago que no se llenaba con las minúsculas raciones que recibíamos.

Philon y yo nos entendíamos muy bien. Demasiado bien.

Cuando teníamos diez inviernos bajamos al mercado de las afueras. Yo era rápido; él era fuerte. El plan era simple: robar algunos huevos y un trozo de queso de cabra. Lo habíamos hecho ya un par de veces. Distraje al perieco con una pregunta y Philon tomó lo que pudo, huimos mientras nos lanzaba piedras. Yo salté la tapia primero. Él venía detrás, con el botín bajo la túnica.

Entonces, se escuchó el grito de unos hombres que ya estaban muy cerca.

Se detuvo un segundo para volcar una carreta y bloquear el paso. Ese segundo fue su fin. Yo me escabullí por las sombras con el corazón golpeándome las costillas como si fuese un pájaro enjaulado. Llegué al campamento sin aliento y muerto de hambre, creyendo que si me callaba me salvaría.

Aún tenía mucho que aprender.

Al amanecer, Philon estaba en el centro del círculo. Tenía el labio partido y los ojos hinchados, pero no me delató. Los instructores me señalaron. No estaban enfadados conmigo; en la agogé robar comida es lealtad al hambre. Estaban furiosos por su torpeza. Por dejarse atrapar.

Philon me miró. Sus ojos no pedían clemencia. Pedían que terminara pronto.

El primer latigazo fue vacilante. El instructor me golpeó a mí en la espalda un tajo de fuego que me nubló la vista.

Golpeé. Una, diez, veinte veces. Recuerdo el sonido del cuero contra la piel mojada. Recuerdo el olor a hierro de su sangre saltando sobre mis nudillos. Recuerdo que Philon no gritó. Solo apretó los dientes hasta que empezaron a sangrarle las encías.

No lloré. Si lloro, me matan. No temblé. Si tiemblo, me matan. No dudé. Si dudo, nos matan a los dos.

Aquella mañana el hilo invisible que me unía a otro ser humano se deshilachó hasta desaparecer. Comprendí definitivamente que el amor es el flanco abierto por donde entra la lanza.

Ese fue el día en que me convertí en espartano.

Dicen que los guerreros de otras tierras juran lealtad a sus compañeros de armas hasta la muerte. Nosotros no. Nosotros juramos lealtad al látigo que nos gobierna. Lealtad a la falange.

No sé si Philon me perdonó. No volvimos a hablar nunca. No se recuperó. Murió semanas después. Cerré yo mismo sus ojos, mi mano no tembló.

Cuando mi instructor consideró que estaba preparado me llevaron a la krypteia. La cacería nocturna.

Los ilotas eran nuestros esclavos. Los mesenios que habíamos conquistado. Había demasiados. Eran mucho más numerosos que nosotros, los homoioi, los iguales. Por eso había que matarlos de vez en cuando. Para recordarles su lugar. Para que temblasen. Habitualmente se ordenaba matar a alguno concreto, a los más rebeldes, para evitar futuras revueltas.

La primera vez fue distinto. Nos enviaron a los caminos. Nos dieron un cuchillo y una orden: mata al primero que veas.

Mientras estaba escondido esperando, algo en mi estómago se removía. No era el hambre.

Vi a una mujer. Estaba vieja y arrugada. Volvía con un cubo de agua del manantial, posiblemente como repetiría cada noche. No me vio. No me oyó. No supo que estaba allí, agazapado entre las piedras.

Me abalancé. Mi cuchillo se hundió en su cuello. Salió un chorro rojo que me empapó la túnica. Cayó sin un grito. Solo un ahogo. Un burbujeo. Después, silencio.

Me quedé allí un rato, mirándola, mientras la sangre teñía el agua derramada en carmesí. No sentí nada. Ni miedo. Ni asco. Ni remordimiento. Ni piedad.

No sentí nada.

Algo había muerto en mi con Philon. Algo que no me dejaron enterrar. Algo que se llevaron los ancianos, los instructores y los puñetazos.

Esos gordos atenienses, los que escriben los libros, los que nos critican desde sus cómodas bibliotecas, nunca lo entenderán. Ellos escriben sobre el heroísmo individual, las grandes gestas , la gloria del guerrero. Nosotros hablamos de la ciudad. De la patria. De la destrucción del enemigo, sea quien sea, cueste lo que cueste.

Ellos hablan de morir en la primera línea de batalla. De la valentía. Del honor. Pero no dicen nada de la muerte por la espalda en la oscuridad... No hay leyendas sobre ancianas que mueren en un camino con un cubo de agua en su mano. No escriben nada sobre los niños débiles que se sacrifican por cientos para que el estado no cargue con nadie que no sea útil.

De eso no se habla. De eso no se escribe. De eso no se canta en los himnos.

Tuve más kripteias. Fui a batallas. Pasé hambre. Pasé noches en el frío. Me hirieron. Vi injusticias. Nunca pregunté. Nunca sentí nada. Hasta hoy.

Han pasado muchos inviernos. Ahora soy uno de los homoioi. Tengo mi lote de tierra. Tengo a mi esposa. Mis esclavos. Mi puesto en la falange. Estoy en el mercado, necesito un nuevo caballo de guerra, el mío se está haciendo demasiado viejo. Pronto empezará a perder fuerza. También me llevaré a un prisionero de los que han traido de la última batalla. Será un buen domador para el caballo. Los tracios son los mejores jinetes que conozco.

Voy acompañado por dos de mis ilotas. Nos acercamos al tratante de esclavos y le pido un tracio que entienda de caballos. Nos trae a un hombre fuerte, parece sano. Solo le faltan dos dedos y tiene una cicatriz que le cruza la cara. No habla nuestro idioma. No me importa mientras se entienda con el animal.

Después vamos a por un potro. Enseguida elijo a uno de dos inviernos. Le explico con gestos al tracio que será él quien lo dome. El caballo tiene que soportar el peso del equipamiento, pero sobre todo no puede temblar ante nada. Como yo.

Cuando ya estamos de vuelta lo veo allí. Está apartado, sentado en una silla que parece haber sobrevivido a tres guerras. No es una silla espartana. Las sillas espartanas son duras, de madera sin pulir, diseñadas para que el cuerpo nunca se relaje. La suya es una silla mullida, de algún lugar lejano, algún sitio de extranjeros blandos.

El tresante tiene la cabeza gacha. Es un hombre grande. No está muy flaco. No se de donde consigue la comida. Tiene el pelo sucio, revuelto, sin el corte militar que exigen las ordenanzas. Tiene medio bigote. No el resto del bigote, no la barba entera. Medio bigote. La otra mitad se la afeitaron hace años, cuando tembló en batalla. El castigo, la marca, la señal que no puede ocultar aunque intente taparse la cara con la mano.

La capa es de varios retales, está mal cosida por él mismo. Los colores no combinan, son trozos de otras capas, de otros caídos, de otros olvidados. Los espartiatas vestimos una sola capa todo el año, la misma, pero la nuestra es roja. Roja como la sangre. Roja como el estandarte de la falange. La suya es un mapa de la vergüenza.

Está escribiendo.

No sé qué escribe. No me importa.

Su mano tiembla. No solo es físico, es un temblor profundo, lo veo en la forma en que mira a los esclavos, como lo escruta todo, como si cada cosa fuera peligrosa, como si cada sombra escondiera una verdad. No sabe protegerse. No sabe que el miedo es solo una debilidad que hay que extirpar.

Escribe sobre un trozo de cerámica. Un ostrakon. No tiene papiro. No tiene pergamino. No tiene tinta. Raspa con un carbón humedecido sobre la superficie áspera garabatos que no puedo leer desde aquí.

No sé qué escribe. No me importa. Pero me acerco, porque los espartiatas no tememos al contacto con los marginados. Los homoioi no tenemos miedo a nada. Me siguen los ilotas con el esclavo y el corcel.

Lo que escribe es una lista. No es un poema. No es un discurso. No es un himno a la gloria de los caídos. Es una simple lista.

Ni siquiera se inmuta cuando me aproximo.

Veo palabras escritas en minúscula, sin la mayúscula inicial que merecen los sustantivos importantes.

"las cosas que me han quitado." Eso es lo que pone al principio. Luego, una enumeración que sigue en columna, como si fuera el inventario de un desastre:

la capa roja.
la mitad de la barba.
el derecho a la palabra.
el derecho al juego.
el derecho al matrimonio.
la esperanza.

No sé qué es la esperanza. No me han enseñado esa palabra. En Esparta no la usamos. Pero él la ha escrito, y la ha tachado, y la ha vuelto a escribir, y la ha vuelto a tachar. Hay marcas de carbón sobre el barro cocido, muchas tachaduras.

El tresante levanta el ostrakon.

Tardo en responder.

Entonces levanta la cabeza y sonríe.

Lo odio. No porque me haya hecho daño. Porque me recuerda. Me recuerda que yo también podría temblar. Que yo también podría escribir.

Me enseñaron a escribir. Pero no por mi cuenta. Nunca por mi cuenta. Si lo hiciera, perdería todo. Mi puesto. Mi estatus. Mi identidad. Mi vida. Todo lo que he construido. Todo lo que he sacrificado. Todo lo que he matado.

Lo odio. Porque él, el tresante, el que tiembla, el que pregunta, el que escribe, ya no tiene nada que perder.

El hombre tras una pausa responde, casi susurrando:

Me mira fijamente. Intenta levantarse. Le golpeo en la pierna con mi bastón y cae de rodillas.

En un arrebato de locura, el tresante se abalanza sobre mí. Me hace caer de espaldas por la sorpresa. Me aprieta el cuello con las dos manos. No consigo soltarme. No llego a mi daga. Sabe luchar cuerpo a cuerpo. Los dos ilotas se abalanzan sobre él enseguida. Otro homoios y un perieco que pasaban cerca les ayudan a sacármelo de encima. Entre los cuatro lo sujetan por los brazos y el pelo. El tracio sujeta al caballo y mira sin saber qué hacer.

Con el bastón le doy un golpe seco en la boca y vuelan varios dientes ensangrentados.

El otro homoioi habla:

El Igual tiene razón, un tresante que no sabe cual es su lugar es peligroso.

Miro al esclavo tracio un segundo. Está nervioso. Está apretando con todas sus fuerzas la soga que lo une al caballo.

Saco la daga y le rebano el cuello al tresante mientras patalea. El mercado se queda en silencio. Todos nos miran. Los éforos entenderán la necesidad de preservar el orden.

Desde ese día cuando duermo viene a mi cabeza mi imagen sin la máscara. Sin el uniforme. Sin el rango. Sin el título. Sin la obediencia. Sin el silencio. Sin la crueldad.

Por las noches tengo pesadillas. Sueño con podredumbre, con muerte, con un vacío que me arrastra.

Por eso tuve que matarlo.

Cuando recuerdo sus ojos, cuando recuerdo sus palabras, algo se remueve en mi interior. Algo que no debería moverse. Algo que enterré hace años, cuando maté al cordero, cuando degollé a la primera esclava, cuando golpeé a Philon.

Algo que me arrancaron antes de aprender a nombrarlo.

Ese algo, ese pequeño algo, me susurra que él, el tresante, el que temblaba, el que preguntaba, el que escribía, era el que estaba vivo.

Yo, el perfecto, el que no tiembla, el que no pregunta, el que no escribe, soy el que está muerto.

No puedo aceptarlo.

Por eso lo maté.

No por él. Por mí.

No tiemblo. No pregunto.

Pero hoy... hoy escribí.

Homoioi es un relato sobre lo que te quitan antes de que aprendas a nombrarlo. Sobre los sistemas que fabrican obediencia vaciando la interioridad. Sobre el hombre perfecto que tiene que matar su propio reflejo para seguir funcionando.

Está ambientado en Esparta. Pero no habla de Esparta.

— Eitán el Mago

vadereto

Comentarios

  1. Gracias Eitán por compartir tus relatos, como siempre con un fondo que invita a la reflexión 👏👏

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    1. No se que hice que respondí debajo 😊 Gracias por comentar ✨

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  2. Hola.

    Gracias por el comentario. Es un relato duro, pero necesario para recordar de donde venimos.

    Un abrazo.

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  3. Hola, Eitán. He leído tu relato con mucho interés. Desde el principio engancha y está muy bien escrito. Quiero decirte que se ve que te has documentado para escribirlo, y aunque está situado en la antigua Esparta y el modo de vida espartano, nos hablas de algo más profundo. Hay formas de educar, de gobernar, de relacionarse con otros, que no son sanas. La belleza del ser humano en general, radica en su imperfección. De ahí nacen las oportunidades, las sorpresas, los descubrimientos, el aprender de los errores, el mejorar. No se puede pretender la perfección. Eso solo nos volvería autómatas sin sentimientos. Tu relato da para la reflexión profunda en lo que somos y en lo que nos pueden quitar si no nos damos cuenta. Hay que mirar la historia y aprender de ella. Muchas gracias por tu relato Eitán. Abrazos.

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    1. Hola, Ana. Muchas gracias; como sabes, valoro mucho tu lectura y tu comentario. En cuanto al marco histórico, intenté mostrar —tras documentarme— cómo pudo sentirse ese terror que hoy (o los griegos gordos) nos quieren vender como épica. La condición humana no es épica fuera de las películas. Más allá del contexto, quise señalar cómo ciertos modelos de educación, poder o disciplina pueden deshumanizar, aunque se presenten envueltos en grandeza. Como dices, la imperfección es lo que nos permite aprender, sorprendernos y crecer; borrar eso en nombre de la perfección solo nos convierte en piezas intercambiables dentro de una maquinaria cuyo rumbo solo lo conocen algunos, y no necesariamente son los más listos de la clase. La historia está llena de ejemplos y vale la pena mirarlos con calma. Un abrazo.

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  4. Felicidades, Eitán.
    Una narración impresionante que revela todo el trasfondo emocional que encierra la figura del espartano. Un guerrero ideal, siempre nombrado como orgullo militar, pero que, como has mostrado en tu cuento, tendría que afrontar muchas más batallas interiores que las contiendas que nos enseñaron en libros y películas.
    Tu documentación es fantástica y la has usado con habilidad y talento para meternos en la historia y sentir cada escena, entender la violencia, comprender cómo la educación puede transformar a un niño y, en definitiva, todo lo que conlleva forjarse en un guerrero de aquellos tiempos.
    Como muy bien dices al final del relato: aunque está ambientado en Esparta, no habla de Esparta. Va mucho más allá de la imagen del guerrero, profundiza en la persona que tiene que sobrellevar esa máscara.
    Muchísimas gracias por aportar al VadeReto un relato tan bueno.
    Abrazo Grande.

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    1. Hola, José Antonio. Muchas gracias por tu comentario y por tu blog Acervo de letras (https://jascnet.wordpress.com/), donde nos das la oportunidad de compartir nuestros relatos. Mi intención era mostrar que, más allá del mito del guerrero perfecto, había un ser humano obligado a librar batallas interiores que nunca aparecen en los libros, ni en las películas, ni en los poemas de la época.

      La documentación me sirvió para sostener el marco, pero lo que realmente me interesaba era mostrar esa fractura íntima: cómo una educación rígida puede moldear, endurecer y, a la vez, quebrar. En cierto modo funciona como una secta: el ideal de perfección acaba produciendo seres rotos y vacíos. Como dices, aunque el relato esté ambientado en Esparta, no habla de Esparta; habla de lo que queda detrás de la búsqueda de la perfección.

      Gracias por tus palabras y por acoger el relato con tanta sensibilidad.

      Abrazo grande de vuelta.

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  5. Hola Eitán,
    Una historia muy bien documentada y muy bonita. Creo que aunque se desarrolla en Esparta hace mucho tiempo podría trasladarse a muchos personajes del presente. Personajes tan anónimos como nuestro homoioi, que son producto de la educación recibida - en este caso muy dura, en otros casos muy blanda - y que, en definitiva, no están muy satisfechos en lo que se han convertido. También queda reflejado, más que el desprecio, la indiferencia hacia esos seres que no son considerados iguales, sino presas. Una indiferencia que también podemos trasladar a la actualidad.
    Tu relato además de bonito, hace reflexionar que en muchos aspectos entre los seres humanos los hay que se consideran elegidos y que su comportamiento ha evolucionado, pero que básicamente sigue siendoel mismo en muchos aspectos.
    Además de entretenido es una invitación a reflexionar.
    Un saludo

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    1. Hola.

      Muchas gracias por este comentario tan bien razonado. Ciertamente hay mucho paralelismo entre la Esparta antigua y muchos personajes actuales: personas moldeadas por la educación que, por exceso o por defecto de dureza, terminan perdiendo algo esencial de sí mismas que ni siquiera saben nombrar.

      También me interesaba mostrar la disonancia de que la desigualdad existe precisamente en las civilizaciones que se autodenominan igualitarias. Lamentablemente, los “elegidos” nunca llevaron capas rojas; esas se las dejaban a los perfectos, perfectos para cumplir una función y poco más.

      Me alegra que te haya resultado entretenido y que invite a reflexionar. Gracias de verdad por tus palabras.

      Un saludo.

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  6. Hola, interesante punto de vista de Esparta, una ciudad estado que se entiende bastante poco desde nuestro punto de vista, pero que sí mantuvo un gran predominio en el Peloponeso hasta el desarrollo de Atenas y la guerra llamada así ("del Peloponeso") por Tucídides. Habría que preguntarse qué hubiera pasado si Leónidas, el rey de Esparta, hubiera sido educado de otra manera, qué hubiera pasado con Jerjes y sus Inmortales. También habría que preguntarse cómo se entrenaban otras civilizaciones de la Antigüedad (sumerios, acadios, babilonios, hititas, etc.), porque no creo que fueran más cariñosos con los soldados ni con los adolescentes ni que en ellas hubiera menos diferencias sociales. Al final, la guerra es una negación de la posibilidad de convencer a otro de un punto de vista más favorable y uno de los pocos resquicios de la solución violenta de conflictos, que existió al principio mientras no hubo magistrados/jueces que solucionaron las disputas de maneras menos violentas.
    Aunque nos pueda parecer lejano ese mundo, no lo tenemos tan lejos ni siquiera geográficamente.
    Saludos cordiales.

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    1. Hola, Mercedes.

      Muchas gracias por un comentario tan bien razonado; da gusto leer reflexiones así. Coincido en buena parte contigo, pero voy a dejar aquí una pequeña miga de pan: cuando hablamos de “la humanidad” en la Antigüedad solemos referirnos, en realidad, a la humanidad que impuso su modelo, no a todas las sociedades que existieron.
      Sumerios, acadios, babilonios, hititas, egipcios, griegos, espartanos, fenicios, romanos… todos ellos compartían un mismo patrón: la cosificación del guerrero y, en general, de la sociedad como herramienta del Estado. Cambiaban los nombres, los dioses y las fronteras, pero la lógica era la misma: moldear cuerpos para la guerra y someter a quienes vivían de otra manera.
      Al final, queramos o no, el mundo que heredamos es el de esos humanos concretos.

      Aun así, tienes razón en que el relato de Tucídides, la educación de Leónidas o la organización de los Inmortales abren preguntas fascinantes. Pero a mí me interesaba otra mirada, imaginar todo lo que pasa cuando conviertes a un niño en un arma.

      Gracias de nuevo por pasarte y por aportar un comentario tan interesante.
      Saludos cordiales.

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