Cena en un ático con techo de vidrio
relato · sátira contemporánea
Cena en un ático
con el techo de vidrio
o sobre el Dunning-Kruger social
Por fin es viernes y el cielo de Tokio luce tan vacío como siempre. Un grupo de amigos está reunido inaugurando un ático inmaculadamente blanco, no hay tabiques y el techo es de vidrio. Jaime, el anfitrión, acaba de abrir la puerta a un hombre de unos cuarenta que sostiene en la mano derecha una caja de bombones de marca blanca mientras mira perplejo a su alrededor.
—¡Guau, Jaime, qué espacioso ático! Es tan blanco que si te quedas quieto mucho tiempo, te borra por falta de contraste. Así sin tabiques parece el garaje de mi edificio, solamente le faltan las líneas pintadas en el suelo.
Jaime luce un jersey de cachemira sobre los hombros a modo de capa de superbrillo social.
Jaime—Tan divertido como siempre, Tomás. Sabía que el mejor comercial de vino español en Asia lo iba a apreciar. Este es el nuevo concepto de vivienda deconstruida. Hemos quitado los tabiques porque, si no hay muros, el éxito no tiene dónde chocar. Lo del techo de vidrio fue idea mía: es para que nuestra sofisticación pueda verse también desde el cielo.
Carla, una mujer un poco más joven que ellos, está mirando su reflejo en una cuchara de postre.
Carla—Como dice el concepto del Ma, el espacio libre se llena de energía pura. Además, así no hay esquinas donde se acumule el polvo. Es que tengo alergia y los de la limpieza siempre me ponían problemas cuando les pedía repasar los recovecos... Tienen un mindset de escasez que no pueden con él. Como dice Akemi Tanaka en Chowa, la felicidad nace de estos pequeños cambios sostenibles.
Nico, el economista, otro hombre de edad similar, sirve un Vega Sicilia como si bendijera a los allí presentes.
Nico—Estoy pensando en una inversión pero necesito socios. Unos físicos han inventado un aparato que emite una frecuencia sostenida de 432 hercios, que es la vibración natural del núcleo terrestre o algo así, pues el aparatito transmuta el polvo en partículas casi de oro. Deberíamos hacernos con uno de esos.
Manuela se hace un selfie con Nico sirviendo vino al fondo.
Manuela—Me atrae la idea de invertir, ya me contarás eso mejor. Miguel y yo hemos instalado en nuestra casa un suelo que se autolimpia por la fricción de los calcetines. Es una nueva tecnología basada en neuromateriales o algo similar. La energía electrostática redistribuye la materia y las migas ya no existen, se transforman en «partículas en tránsito» hacia dimensiones superiores, ¿o era inferiores, Miguel?
—Las migas no transitan, Manuela. Técnicamente están en superposición cuántica entre el suelo y el cubo de basura.
Jaime se coloca bien la capa-jersey.
Jaime—Me encanta que habléis de física cuántica. Os lo cuento porque vais a alucinar. Este ático está construido en un punto especial. Aquí arriba el tiempo pasa distinto. Más despacio.
—Eso se llama anomalía espacio-temporal. Os regalo una anécdota: Hilbert resolvió las ecuaciones sobre relatividad cinco días antes que Einstein y nadie lo recuerda. El tiempo, efectivamente, pasa distinto según dónde estés.
Habla Miguel, el hombre de las gafas de sol, mientras apoya la copa en el borde de la mesa. La deja demasiado al límite. La copa se inclina despacio. Una gota de vino resbala y queda un instante sostenida en el aire. El recipiente vuelve a su posición inicial y la gota cae manchando el suelo blanco con un borrón carmesí.
Tomás mira la manchita y resopla mientras deja la caja de bombones cerrada sobre la mesa.
Tomás—¿Y la cocina? No veo los fuegos. Ni la nevera. Ni rastro de algo tan vulgar como un fregadero.
—Ay, Tomás, qué 2025 eres, ahora ya nadie cocina. Cocinar es emitir CO₂ a la atmósfera. Ahora practicamos tardeo nutricional. Ingerimos el aroma de las cosas. Sigo en TikTok a una coach que asegura que si te pones purpurina en los párpados antes de ir a dormir, el cuerpo interpreta que está cenando estrellas. Por cierto, vives en Tokio y sigues hablando de cocinar. Es como mudarse al futuro solamente para sentir nostalgia.
Nico se pasa la mano por el pelo.
Nico—Totalmente de acuerdo contigo. Ya sabéis que me he hecho un injerto capilar en Turquía. Pues aproveché el viaje para hacer unas sesiones de hipnosis y ahora puedo mirar un entrecot y extraerle las proteínas por telepatía. Es una estrategia de win-win. El colesterol es solo un estado de ánimo.
Tomás está mirando por la ventana la Tokyo Skytree iluminada
—Impresionante.
Jaime se acerca al ventanal con la copa en la mano y bambolea el vino.
Jaime—¿Qué te parecen las vistas, Tomás? De día se ve también el monte Fuji. Lo más destacado de este ático no es el estilo minimalista, que es tan limpio y tan aséptico. El punto más fuerte es la ubicación. Estamos en la zona centro del éxito, pero si te fijas bien, desde ese balcón se ve un banco donde duermen los sin techo. Eso tiene su wabi-sabi, la belleza de lo gastado, lo que el sistema descarta. Esos cuerpos arropados con cartones... ahí está lo auténtico.
—Te entiendo. Yo me fijo mucho en la clase media, y no es porque sean pobres; es que no saben elegir el color de su aura. Por eso son todos tan grises.
Carla asiente con la cabeza como si acabara de descubrir la rueda.
Carla—¡Es verdad! Yo hoy siento mi aura brillante. Me he comprado unos zapatos de una talla menos porque, como dice mi preparadora personal, «para ser una salchipapa, primero hay que sufrir como una patata frita». Mis juanetes son mis medallas de guerra.
Nico levanta el teléfono como si enseñara un trofeo.
Nico—Ayer mismo subí un post sobre el sufrimiento en el gimnasio. Tuvo dos likes, pero eran de gente con yate, así que valen por dos millones. Por cierto, Tomás, ¿tenías un descapotable? Da igual. A ti te vendría bien apuntarte a mi curso: «Cómo ser feliz con un descapotable». Puedes pagarlo con criptomonedas.
Miguel eleva su copa hasta la altura de las gafas de sol.
Miguel—Brindemos por este ático sin tabiques, amigos.
Nico brinda con Miguel.
Nico—Como dice la publicidad: «Porque yo lo valgo, y si no lo valgo, pido un crédito para parecer que sí».
Jaime señala la tabla de quesos con la copa.
Jaime—¿Alguien quiere queso? Es tofu, pero el sabor es cuestión de tener la mentalidad adecuada.
Carla señala el tofu con la barbilla.
Carla—Íbamos a poner jamón, pero viene de un animal que vive encerrado, o sea, en cautiverio... ¡Eso da mala vibra! Yo ahora solo vibro alto con el tofu porque el tofu no tiene límites; el tofu es un lienzo en blanco, como este ático.
Nico se pasa de nuevo la mano por el injerto capilar.
Nico—Totalmente. El jamón te altera la microbiota del triunfo. En este país es una inversión de bajo rendimiento, bro.
—Científicamente hablando, el hambre es solo una percepción errónea de la glucosa en un entorno mental no optimizado.
—Vamos a brindar también por los techos de vidrio.
Jaime abre los brazos.
Jaime—Exactamente. Siempre mirando hacia arriba. Hacia el potencial.
—...y por los ombligos reflejados en este suelo tan brillante.
Manuela pone expresión de iluminada.
Manuela—¡Qué genialidad! Me ha fascinado la idea, el ombligo como chakra de despegue hacia el infinito.
Carla se toca el muslo por encima del pantalón, como si ya estuviera tatuándose algo importante.
Carla—Eso es un tatuaje, Tomás. Un ombligo reflejado en el suelo. ¿Tú no tienes tatuajes?
Tomás mira su copa. El vino es bueno. Mira alrededor y nadie ha cenado, pero todos sonríen como si estuvieran saciados. Durante un instante parece que va a responder. Bebe. Observa la copa que alguien balancea y dos gotas de vino se desprenden. No caen, se quedan flotando en el aire, despacio, girando una alrededor de la otra como un sistema binario en miniatura en equilibrio perfecto encima de la mesa.
El queso-tofu sigue intacto sobre la tabla de madera. Nadie lo ha tocado.
Un teléfono vibra.
«En Europa, la verdad reside en aquello que se descubre; mientras que en Japón, lo más importante es lo que está escondido y latente.»
Lafcadio Hearn
✦ Glosario de palabras japonesas ✦
En la estética y el pensamiento japonés, ma no es una ausencia pasiva, sino un espacio activo y lleno de posibilidades. Es el silencio entre dos notas que da sentido a la música, el tiempo vacío entre dos palabras que enfatiza su significado, el hueco deliberado que permite que la energía fluya. En el diseño y la arquitectura, ma es el respiro que convierte un espacio vacío en algo tan valioso como los objetos que lo rodean. Aprender a ver el ma es aprender a valorar lo que no está, lo que espera, lo que respira.
Wabi evoca la sencillez austera, la humildad, la belleza de lo despojado; sabi se refiere al paso del tiempo, al rastro que la edad y el uso dejan en los objetos: una grieta, un desgaste, una pátina. Juntos, wabi-sabi es una cosmovisión que encuentra encanto en lo efímero: una hoja que se marchita, una cerámica cuarteada reparada con oro (kintsugi), un muro oxidado. Es lo opuesto a la perfección pulida y simétrica: una invitación a aceptar que todo cambia, todo envejece y nada está completo. La grieta no es un error, es una historia.
Aunque la palabra puede traducirse como «armonía», chōwa va más allá de la mera ausencia de conflicto. Es la búsqueda consciente de un equilibrio dinámico entre opuestos: interior y exterior, individuo y comunidad, tradición e innovación, esfuerzo y descanso. En el contexto de Akemi Tanaka, cuyo libro inspiró a Carla, es la habilidad práctica para encontrar la manera más equilibrada y sostenible de vivir. Chōwa no es rigidez ni inmovilidad: se parece más a la postura de un ciclista en movimiento, que ajusta constantemente su peso para no caerse. Es la sabiduría de no forzar, sino integrar.
Este cuento participa en VadeReto Junio 2026, puedes acceder a las demás historias pulsando sobre la imagen.


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