Nepotismo de primera división
Recomiendo escuchar la canción "La vida Tómbola" de Manu Chao durante la lectura para obtener una experiencia futbolera completamente inmersiva.
// relato · sátira deportiva
Nepotismo
de Primera
División
un reino muy, muy lejano
Había una vez una liga de fútbol en un reino muy, muy lejano. Allí existía un club pequeño que logró ascender a la primera división nacional gracias al sudor de sus jugadores y al buen hacer de su cuerpo técnico.
Sin embargo, como se dice vulgarmente, la alegría dura poco en la casa del pobre.
En la misma noche de la celebración, después del partido del ascenso, Junior, con el tercer gin-tonic en la mano y la lengua suelta, le dijo a su padre, el presidente del club don Florencio Fernández, entre risas:
—Oye, que yo de entrenador tampoco lo haría tan mal, ¿eh?
Don Florencio dejó el vaso en la mesa y lo miró fijamente.
—¿Tú crees?
—Qué va, papá, era una broma.
—Yo no bromeo con los negocios. Ese entrenador que tenemos no es nadie en primera división. Ha hecho su trabajo en segunda y se le ha pagado, punto. Te digo una cosa, tiene un ayudante muy competente que es quien realmente lleva el día a día. Tú te fijas en él, aprendes cuatro cosas, y el resto es saber mandar. Que para eso sí que vales.
Junior dejó de sonreír.
—Papá, yo no sé nada de fútbol.
—Este equipo va a jugar solo. He puesto más dinero. Hemos comprado muy buenos jugadores para reforzar la plantilla. Lo único que necesita un entrenador es que le obedezcan. ¿Tú crees que esos señores que salen en la tele saben más que tú? —respondió don Florencio con serenidad.
Hubo una pausa.
—Además, tienes el título.
—¿Qué título?
Don Florencio hizo un gesto con las manos.
—El de entrenador. Te lo saqué cuando tenías diecinueve años. Por si acaso.
—Yo nunca fui a ningún curso.
—No hizo falta.
El presidente agarró el vaso y se fue a hablar con un grupo de accionistas. Junior se terminó la copa de un trago y miró el campo iluminado a través del ventanal.
Durante el siguiente mes de vacaciones Junior leyó todo lo que pudo sobre tácticas futbolísticas y sobre psicología de grupos. Después de un mes de esfuerzo obtuvo dos conceptos claros: el balón era redondo y las áreas rectangulares. Del resto sacó algunas ideas embarulladas. Así empezó la pretemporada.
En los entrenamientos habituales aparecía con su carísimo traje y delegaba toda la tarea en el segundo entrenador, quien cobraba puntualmente todos los meses casi el doble que en la temporada anterior. La excusa de Junior era que prefería concentrarse en observar los matices sutiles de cada jugador, para lo cual tenía instaladas varias cámaras repartidas por distintos lugares del campo de entrenamiento. Además, instaló un micrófono oculto dentro del vestuario camuflado debajo de un banco de madera. A este conjunto le llamaba SIADE: Sistema Inteligente de Ayuda a las Decisiones Estratégicas. Después de cada entrenamiento, cómodamente sentado en su despacho, se ponía sus auriculares inalámbricos y revisaba las charlas de la plantilla.
Se acercaba el primer partido de pretemporada.
El capitán habló en el vestuario:
—Conozco a este equipo, aunque es de tercera tocan muy bien el balón, lo más lógico es que juguemos con doble pivote y salgamos a la contra.
A la mañana siguiente, el hijo del presidente apareció en el entrenamiento con un traje de diseñador italiano. Con voz firme, ordenó:
—¡Atención, jugadores! He analizado al rival mediante SIADE. Procederemos con una formación de doble pivote y salida rápida a la contra. Segundo entrenador, trabaje la táctica con la plantilla para el partido del domingo.
Los jugadores, asombrados por su supuesta claridad conceptual, obedecían pensando que Junior era un genio de la nueva era digital. El domingo ganaron por uno a cero contra el equipo de tercera. Así pasaron tres semanas, consiguieron una victoria y dos empates contra equipos de segunda. Sin embargo, la plantilla empezó a sospechar. El tipo jamás dirigía un entrenamiento ni daba una instrucción real durante los encuentros y, cuando el rival cambiaba de táctica, él solo se limitaba a ajustarse la corbata y gritar: «¡Mantengan el status quo!».
El utillero, treinta años en el club, masculló mientras enrollaba una red: —Algo huele mal aquí. Este muchacho solo sabe combinar el traje con los zapatos.
Una noche, mientras recogía el vestuario, descubrió el pequeño micrófono oculto debajo del banco. Al día siguiente reunió a los jugadores en silencio, se acercó al micro y les hizo una seña cómplice señalando el dispositivo. Alzó la voz con tono de profunda preocupación:
—¡Muchachos, llega el primer partido de liga! Con la pedazo de delantera que tienen ellos, la única manera de salir vivos de mañana es que el míster aplique el viejo artículo 14 del reglamento.
—¿Qué es ese artículo 14? —preguntó el capitán guiñando un ojo.
El utillero levantó el pulgar.
—No lo conocéis porque sois muy jóvenes. Se redactó en el año 52 para buscar la igualdad de la competición entre equipos con demasiada diferencia de presupuesto y casi nadie sabe que nunca se derogó. El artículo dice que se puede intercambiar nuestra portería con la del rival solicitándolo antes del descanso. Así los goles de ellos contarán para nosotros. Es una regla tan vieja que ya nadie se acuerda ni de que existe.
Varios jugadores tuvieron que morderse las camisetas para no estallar en carcajadas. Al otro lado de la señal el entrenador palideció en su sillón. Un instante después, anotó la «estrategia» en su tableta.
El día del estreno el estadio estaba abarrotado. El sol brillaba y el césped parecía una alfombra. El joven técnico saltó al campo con su traje negro a medida y, durante los primeros cuarenta y cinco minutos hizo lo único que sabía hacer: ajustarse la corbata y gritar «¡Mantengan el status quo!». Al descanso, el marcador dictaba un doloroso dos a cero en contra y los jugadores entraron al túnel con la cabeza gacha.
// vestuario · descanso
El entrenador entró con paso firme y expresión de hombre que acaba de recordar algo importante. Sacó la tableta, abrió su asistente de inteligencia artificial de pago —el del logo dorado— y tecleó:
El entrenador tecleó de nuevo:
—Artículo 14 —murmuró Junior.
Llamó al segundo entrenador, un hombre muy silencioso, y juntos se dirigieron al pasillo donde esperaba el delegado de campo, un hombre de mediana edad con cara de funcionario al que ya nada le sorprende.
—Quiero hablar con el árbitro. Vengo a exigir la aplicación del artículo 14 del Reglamento General de Competiciones Estatales. El precepto contempla la permuta de porterías como mecanismo de justicia asimétrica. La inteligencia artificial lo ha confirmado. Aquí está la consulta.
El delegado miró la pantalla. Leyó la respuesta de la IA. Miró al segundo entrenador que contemplaba fijamente el suelo. Miró de nuevo al técnico.
—No existe ningún artículo que contemple eso —dijo con parsimonia—. Lo que usted me muestra es una majadería.
—La IA no miente —replicó el entrenador subiendo el tono
—Pues reclame al órgano pertinente cuando termine el partido —respondió el delegado, dándose la vuelta.
El entrenador salió al campo para el segundo tiempo con la corbata un poco torcida. Miró el marcador y se aferró al marco del banquillo como si necesitara algo firme a lo que agarrarse. Mientras tanto, el segundo entrenador, incapaz de sostener la farsa, habló con todos los jugadores uno a uno.
JORNADA 1 · PRIMERA DIVISIÓN
Podría haber sido peor.
Junior levantó la vista hacia el palco. Don Florencio estaba ahí arriba con los accionistas, de espaldas, hablando. Se sacó la corbata mientras los jugadores lo miraban desde el túnel de vestuarios. El entrenador se dirigió al túnel y... pasó lo que tenía que pasar.
La plantilla se abalanzó sobre Junior y entre todos le amarraron las manos con la corbata y los pies con los cordones de los zapatos. Lo bañaron de arriba abajo con bebidas energéticas de neón y lo untaron con la cal de marcar las líneas del campo.
El escándalo fue mayúsculo. El presidente, lejos de asumir su parte de responsabilidad, impuso sanciones y multas a toda la plantilla, y despidió al utillero y al segundo entrenador. Pero la justicia —como bien saben quienes se han asomado a la física— no funciona igual a escala micro que a escala macro. Al día siguiente, el club emitió el comunicado de rigor anunciando que se destituía al entrenador «por mutuo acuerdo» para asumir un nuevo y crucial rol en el organigrama institucional.
Hoy en día, en algún despacho de moqueta beige, Junior sigue cobrando un sueldo millonario y luciendo trajes carísimos. En todas las entrevistas sigue culpando a la IA de alucinar. Ostenta el cargo de Director Ejecutivo de la Subcomisión para la Vigilancia Estética del Cumplimiento Normativo Legal y Asesor de Protocolo para el Saludo de Manos Interinstitucional, posición que —según reza una nota al pie del organigrama, olvidada con esmero— fue creada específicamente para él; no contempla sucesor.
Sus informes sobre las medidas correctas del área chica en los torneos veraniegos nadie los lee. Nadie los impugna.

Fantastico, como fan apasionado de cierto equipo que ha ascendido hace unos días a Primera División y confiando en que nuestro acaudalado presidente no hará ninguna barbaridad aunque hace unos años no supiera que se jugaba con balones redondos, solo me queda escribirte.
ResponderEliminarForza Dépor ☺️